YO SÉ QUIÉN SOY

Versos y prosas de artistas invitados (8)

Así, Yo sé quién soy, se titula una novela de Marcelo Matas, un manuscrito que su autor, el octavo artista invitado a participar en este blog, me entregó en su día para que le echara un vistazo, no en vano ven más cuatro ojos que dos, salvo que dos de ellos no vean.

—Por alusiones, amo.

—Habla, ciego.

—Tiene valor tu colega, atreverse a venir a esta casa gobernada por un chiflado.

—Pues sí, aunque seguramente pensó, Rogelio, que este gobernador chalado cuenta con la inestimable ayuda de un invidente a tiempo parcial, de una Blanca de carácter negro, de una Irina políglota y minifaldera que casi nunca está aquí y de un estudiante de Bellas Artes que parece un cadáver longevo, puro hueso todo él pese a su diario comer pantagruélico.

—Graduado, señor José, ya graduado en Bellas Artes.

—Si tú lo dices, mi querido Teo…

Un título procedente de una frase del Quijote, el libro donde…

—¿Donde aparece el ingenioso hidalgo que enloqueció por leer tantos periódicos?

—Algo así, Teo, algo así.

(Algo falla, sin duda, en el sistema educativo español. Y no por falta de libros de texto precisamente: el alumnado no puede con más en las repletas mochilas. Interminables, además, los temarios de las excesivas asignaturas: como para que los desprestigiados y abrumados docentes se pongan a explicar lo que deberían y como deberían, allá el chico o la chica si después confunde las barbas de un tal Jesucristo con las de un tal Fidel Castro)

Bueno, Marcelo, te cedo la palabra y a seguir con tus acertadas reseñas periodísticas sobre literatura infantil y juvenil: sabido es que no se obtienen buenas cosechas intelectuales sin antes haber sembrado con tino las tierras del conocimiento.

El dolor

Es inútil decir o contarle a alguien que el dolor es un peso inconmensurable que uno va arrastrando por dentro, una carga o un lastre del que nunca puedes desprenderte porque forma parte de ti, eres tú mismo. No se puede decir que el dolor es un frío o un fuego al mismo tiempo, sobre todo un frío que ha perdido todo amparo, toda posibilidad de abrigo, o un fuego de cisco, helado entre las llamas. Tampoco se puede decir que es un mordisco, de perro o de trinquete, aunque los dientes del animal o la máquina no suelten la presa al conjurarse, por el bien futuro del hombre, de su vago, incierto conocimiento de la verdad de las cosas, contra la carne que muerden sin hambre. Del dolor no se puede decir que es un ladrido que no sólo es la inequívoca señal de la intimidación o el peligro, sino que, en la misma voz de látigo, en el escalofrío que espanta y acorrala, está ya el silencio del miedo, el daño mismo cumpliendo su amenaza. A nadie se puede decir que es el dolor un campo de batalla yermo y sin esquinas, el triste, extraño lugar donde ni siquiera hay contendientes ni disputa esforzados en desplegar todas las posibles formas de impiedad para alcanzar la victoria, pero sí el acecho inclemente de la crueldad, aquella que sobreviene con sólo nombrarla, sin más tregua que la de ocultarse a los ilusos que aún creen en la fatalidad de las derrotas. Estéril es irle a alguien con el cuento de que el dolor es una sombra, tu sombra, que te persigue y se alarga más en la noche, en su cobijo negro donde se esconde, con sus ojos y sus dientes y sus alas blancas, para celar tus pesadillas, tal vez tus sueños, y alertar su huida de aves insomnes, y así, ya de nuevo unidos en el fiel, secreto abrazo de la resignación, obligarte a la conformidad de dejarte llevar por la amarga rutina, el abandono, de codiciar una vez más la necesaria protección de las madrugadas. Nadie te creería si dijeras que lo peor del dolor es la certeza de que no puede ser más que un pensamiento, la nula utilidad que tiene la posible circunstancia de ser dicho o contado o transmitido, no sin ánimo de queja o de noticia de uno mismo, ni siquiera de aviso de la posibilidad, tal vez cierta, de compartir un daño común y por tanto un lamento, de reclamar acaso un consuelo, sino su misma incapacidad para ser conocido más allá de lo que significa el dolor como palabra, trascendiendo la hondura que a través de los años ha cavado la experiencia de la soledad y el silencio, la propia cualidad del sufrimiento como inefable, el íntimo sentido del dolor sólo como presagio del dolor, como mera conciencia intransitiva que se limita a envolver con palabras, a darle distintas formas para asemejarlo a lo que conocemos y podemos transmitir, al peso al mordisco al frío al ladrido al fuego al campo de batalla a la sombra opaca, que nunca nadie quiere escuchar, del delirio.

Marcelo Matas de Álvaro

Blog: AGUA DE PALABRAS



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LOBO ESTEPARIO

Versos y prosas de artistas invitados (7)

Qué calor hacía en Valencia ese dos de junio de hace años en el que conocí a José Antonio, el artista invitado a colaborar en este blog con un relato de los suyos, de los que estimulan la sonrisa pero tiran con posta desde Alicante.

Ni a tiros saldría yo del hotel hasta que no me quedase más remedio, cerca de allí, del hotel, la sala donde José Antonio y yo presentaríamos conjuntamente nuestros libros respectivos. Antes, amparado por el aire acondicionado, vería el partido de tenis televisado de Rafael Nadal —qué deportista ejemplar, cómo se crece aún ante las adversidades— en la arcilla de Roland Garros. Ante un desconocido Söderling. Y perdió Nadal, prácticamente invencible en tierra batida por su juego y su garra, por su fortaleza mental.

Después, mayúsculo el desinterés de la editorial, ignorantes las palabras de su representante en el acto literario, como ya he contado en algún lugar de este blog, nos apoyamos el uno en el otro —qué remedio, me dijo José Antonio con la mirada, lo mismo le dije yo con la mía— y ambos salimos del paso con sonrisas en la boca pese al compartido estupor.

Insoportable calor valenciano, derrota de mi ídolo deportivo, una empresa que nada bueno hizo entonces por vender sus productos… ¡Pero una amistad duradera, entre José Antonio y yo, forjada en apenas media tarde!

Bienvenido a mi tierra lluviosa y templada, lobo estepario, y que el futuro te sea propicio.

UNA IDEA ORIGINAL

No había tenido una sola idea original en toda su vida.

De crío pensó que no le pasaría nada si metía los dedos en el enchufe. De mayor pensó que no le pasaría nada si tocaba las tetas de Ana. De anciano pensó que no le pasaría nada si se quitaba aquellos goteros y se marchaba tan campante de aquel hospital.

Pero sí pasó. De crío recibió una sonora bofetada de su pobre madre. De mayor recibió una sonora bofetada de su novia. De anciano recibió una sonora bofetada de su hijo. En aquellos momentos decisivos, supo que les importaba, pero, al mismo tiempo, hubiera deseado algo más sutil y menos doloroso.

No había tenido una sola idea original en toda su vida hasta que tuvo una. Pensó que no quería morirse en aquel manicomio sin haber probado todas aquellas cosas de nuevo.

Al primer descuido, se tragó todas las pastillas de aspirina de su mesita de noche blanca. Todos pensaron que tenía tendencias suicidas, pero nadie tuvo la idea original de considerarle una especie de iluminado. Alguien que viaja a través del tiempo al corazón de su más tierna infancia sin necesidad de peyote con el objetivo de rendirle un digno homenaje.

Al segundo descuido, alquiló una puta. La pillaron saliendo de su dormitorio. Nadie de la familia se explica muy bien cómo le pagó porque no tenía monedero ni tarjetas de crédito. A ninguno se le ocurrió pensar que la muchacha no era una pelandusca, sino una alumna de la facultad que compartía piso con otras dos… chicas, se financiaba sus estudios y, de cuando en cuando, aceptaba ese tipo de trabajos. Por eso no tuvo reparos en cobrar por sus servicios un diente de oro de su difunta esposa. El viejo pensó que era el mejor homenaje que le podía hacer. Ella tenía el raro don de ser la más beata en la iglesia y la mayor puta en la cama. Solía decir que la mujer devota no tenía por qué ser una castrada.

Al tercer descuido, secuestró a la enfermera tailandesa que le tomaba la temperatura rectal. Como en las películas pidió un vehículo para huir del edificio con la rehén, pero a diferencia de las películas consiguió, por mediación de su familia, que le dejaran marchar.

Podría haber ido a cualquier parte, pero no hubiera llegado muy lejos. La enfermera tailandesa le miraba con una mezcla de compasión infinita y sagrado temor por las limitaciones de su improvisada mordaza. Igual que la puta. Pero ambas sabían que no les haría nada.

Soltó a la chica y se fue directo a casa.

Después de tanta exhibición, a su familia no le costó comprender que un hombre sano no puede acabar sus días en un hospital. Y menos en un asilo.

Nunca más tuvo una idea original.

Durante meses se mantuvo al margen. Pensó que le pasaría algo terrible si cogía a su nieta en brazos. Se equivocó de nuevo. La niña se abalanzó sobre él y le dio un sonoro beso.

José Antonio López Rastoll

Blog: EL MIRADOR