PIEDRA DE CARNE Y HUESO

Un amigo mío acabó trabajando, allá por la década de los ochenta, en una plataforma petrolera del Golfo de México. Había partido desde Asturias, alto y flaco, melenudo, en busca de su novia desaparecida de pronto, de Ana Luz. Cuando regresó, años más tarde, apenas lo reconocí, tal era su calvicie, tales eran sus largas barbas descuidadas, tal era su obesidad. Mucho hablamos, mucho le pregunté, mucho me contó: siempre en busca de la chica catalana que, al desaparecer, esperaba un hijo suyo, había sido estibador en el puerto de Barcelona; luego, tras hallar al culpable de su pérdida repentina, con la nueva información que obtuvo, había sido camarero en una hamburguesería de New York City; finalmente, hueca el alma, vacía sin ella, sin Ana Luz, sin saber si era padre o no, había ganado el pan que le exigía su cuerpo vivo en esa plataforma fija, de producción, de la que un día cayó al mar.

Mucho me contó, sí, con el alma muerta.

Sus recuerdos entre los míos.

Plataforma marina de extracción de petróleo (PIXABAY)

«El hombre es engrasador y está trabajando, batallando contra el óxido, en la plataforma petrolífera, en cuyo mástil arde la antorcha del quemador a cuarenta metros sobre el nivel del mar, en la distancia las llamas, las antorchas ardientes, de otros complejos flotantes o anclados. De pronto la ventolera de turno, grasa hasta en el casco del hombre que, empujado por el viento, pierde el equilibrio y bracea y cae. Pero no lo degluten las aguas, como si no les acabase de convencer el sabor del bocado grasiento. Suena la alarma mientras duda el mar embravecido; ese mar que arroja el juguete o arma inútil, piedra de carne y hueso, contra uno de los pilotes de la plataforma, que lo desprende de ella, que lanza el muñeco otra vez hacia el mismo sitio, hacia el mismo arpón hincado en su lomo espumoso, sangre por sangre pues sangran las cejas y la nariz y la boca del hombre cuando al fin es rescatado»

(Fragmento de la novela Sal dulce, en la que no solo rememoro e imagino mi propio pasado)

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SEGUNDAS PARTES

Recapitulemos.

—¿Está Rogelio el ciego?

—Siempre a tu lado, amo.

—¿Está Blanca la de los idilios?

—¡Que te den!

(Como de costumbre, pero está)

—¿Está Irina la políglota?

—No la veo, amo.

—Tu ceguera es tan intermitente como interesada, aunque a estas horas, acabo de darme cuenta, estará impartiendo clases de ruso o de chino mandarín en ese colegio para vástagos de gente adinerada. Bueno, ya llegará. ¿Está Teo el estudiante de Bellas Artes?

—Estoy, señor José, pero ya me he graduado.

—¡Caramba, muchacho, enhorabuena!

—¡No te fíes de él, amo!

—Ni de él ni de ti me fío, no te preocupes. ¿Proseguimos entonces?

—¿Acaso ignora usted, señor José, que nunca segundas partes fueron buenas?

—Lo sé, mi querido Teo, lo sé, pero ya que estamos aquí…