EL ESPECTÁCULO DEBE CONTINUAR

Y continuará, conmigo o sin mí.

Mis palabras, el sentir cómplice, en la prodigiosa voz de Freddie Mercury:

Ahora voy a soñar, bien veremos después, cuando despierte.

Pixabay, WP

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FINGIMIENTOS Y NOBLEZAS

Ni los mosquitos ni las hormigas, con cierto protagonismo en sendos relatos de este blog, practican (que yo sepa) deportes como el balompié (alias fútbol) o el rugby no estadounidense.

Dos deportes con más similitudes que diferencias. Pero con diferencias notables. Entre las diferencias notables: en el balompié no es lícito el contacto violento entre los jugadores, en el rugby sí lo es (o no tendría sentido el juego, que yo sepa).

A mí me gusta más el fútbol (el único deporte donde el pie es fundamental para impulsar el balón, de ahí su éxito mundial, según el fenecido Johan Cruyff) que el rugby, aunque admiro mucho más a los jugadores de rugby que a los de balompié, tan abundantes las noblezas y los corajes de los primeros como los fingimientos y las debilidades de los segundos en el terreno de juego.

Pues en la vida como en el fútbol: muy numerosos los fingimientos y muy escasas las noblezas. Sabido es.

Hasta algunos filósofos lo saben y por ello afirman que el fútbol representa, mejor que cualquier otro deporte, la existencia humana —a nivel individual y colectivo—, de ahí su persistente éxito mundial (que yo sepa, no mencionan a Cruyff, la peculiaridad que Johan indicó cuando aún podía hablar, digna de reflexión y sesudos estudios, o eso tengo para mí: érase un niño con el pie pegado a una pelota).

En sus vidas, ¿fingirán los mosquitos?, ¿fingirán las hormigas?, ¿serán más nobles que nosotros en las nuestras?

¿Amarán?

Rezar no rezan (que yo sepa). ¿No querrán ser más allá del ser físico? ¿No necesitarán salvadores? ¿No tendrán miedo?

rugby-673453_640Mi aplauso, jugadores de rugby

Y, de nuevo, gracias, Pixabay

PURO TEATRO

Durante mis años como profesor en Gijón, a mi disposición los miembros del Departamento de Lengua y Literatura para leer mis relatos y opinar sobre ellos (qué lujo, cuánto aprendí, qué impagables asesoramientos), trabé amistad con el autor, director y actor teatral Eladio de Pablo (conservo, no la presté a nadie, la versión escrita de su Famélica Legión).

Por entonces aún existía Telegijón, y fue en este canal autonómico (lo mismo emitía obras teatrales que películas porno en horarios prohibitivos para los madrugadores por oficio o afición) donde lo vi actuar por primera vez.

Cómplices (culpables no sé), no tardó él en preguntarme en alguna dependencia del instituto: «¿Qué te pareció?».

Todavía impresionado yo por los muchos minutos que él se había hecho pasar por un cadáver en pleno proscenio, no dudé en responder: «Excelente tu actuación desde que acabaron contigo, nunca había visto yo una interpretación de cuerpo muerto así».

Creo recordar que, seguramente desconcertado, tardó unos segundos en alzar la voz: «¡No me jodas, Ordiz!».

«Fue lo que más me llamó la atención; bien lo demás, pero ese cadáver tuyo mientras los otros seguían actuando…».

«Desde luego…».

Ya había visto yo magníficas obras teatrales televisadas como Eloísa está debajo de un almendro, Doce hombres sin piedad, Los emigrados, Todos eran mis hijos

Ya había visto yo funciones en el Teatro Jovellanos (cómo olvidarme del actor Pepe Rubio, de su desenfadada actuación en Enseñar a un sinvergüenza, a tono con la comedia del dramaturgo Alfonso Paso) y en el Teatro Campoamor.

Pero eso, la prolongada actuación como cadáver de Eladio de Pablo, no lo había visto ni en Gijón ni en Oviedo.

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Pues bien: nada he visto hasta ahora en el cine 3D que pueda equipararse, ni de lejos siquiera, al teatro puro, a las tres dimensiones del buen teatro en vivo.

Cierto que en esos filmes aparto la cabeza cuando algo más o menos puntiagudo parece que viene hacia mí, que va a golpearme (suelo acordarme entonces de la reacción de aquellos espectadores primeros que se levantaban de sus asientos para que no los atropellase un primitivo tren cinematográfico, según cuentan, según está escrito y documentado), pero cierto también que me decepcionaron Avatar y muchas películas en tres dimensiones, tan insustanciales por lo común.

No obstante, aún confío, mientras yo mismo sigo actuando para no ser olvido prematuro, en que una película 3D me enamore con algo que no esté basado únicamente en sus bondades tecnológicas.

ESA LUZ

Ya no es joven el hombre que ahora mira hacia aquí, hacia las palmeras dormidas de la rotonda, hacia los carteles donde están anunciadas las películas de los cines hoy reunidos en la última planta del centro comercial, hacia las farolas del alumbrado público, ambarina la luz que ilumina cuanto ve, lo que la noche no puede ocultarle.

Sentado ante la pantalla del ordenador, la pantalla ante la ventana —palabras electrónicas en la pantalla y un nocturno de las cuatro de la madrugada más allá de los cristales—, mira hacia aquí en busca de algún noctámbulo o cómplice. Pero a nadie ve. Nadie por las calles y ningún coche en movimiento por la calzada.

Cuentan de este hombre que no madrugó al nacer. Sobre el mediodía nació, no antes. En cambio, pronto enfermó, pronto fue alcanzado por el rayo de esa maldición creativa —más o menos afortunada— a la que algunas personas llaman don o pasión o afán.

Tal vez enfermó por leer y leer, no sería el primer caso, ¡vive Dios que no lo sería!

Enfermo de gravedad, comenzó a prestar atención a cuanto la vida le contaba, a ese visible susurro tan cercano al oído ocular de su curiosidad y asombro, donde aún habita su ira, su piedad, aquel amor y otros, tanto aún que enseguida nada será, tal vez mañana mismo se consume su ineludible derrota pero otro su temor, precedente su miedo: ¿Sufriré mucho?

Entonces, como hoy, la vida tentadora:

«A tu tío Manuel lo mataron dos veces, la primera con una bala de plomo y la segunda con una bala de ira y rencor y puertas cerradas. ¿Quieres que te lo cuente?».

«¿Quieres que te cuente lo que le sucedió a un soñador que vivía en una aldea minera donde la hulla y la supervivencia apenas permitían soñar?».

«¿Te he contado ya que el joven Mauro está enamorado de Laura, condicionados por el pasado el presente y el futuro de esa chica tan frágil como el rocío, de esa muchacha que canta una nana mientras algo parece contemplar en el horizonte?».

«¿Deseas que un enigmático narrador de historias fantásticas te hable de la hermosa Bel, del apuesto Pol y de la no menos agraciada Rosalinda desde un tiempo sin tiempos cronológicos y desde una geografía sin geografías cartografiadas?».

Tras escuchar y escuchar, todo lo fue contando él a su modo, con un aparente desorden descomunal, como si deseara que nadie lo escuchase a él.

Enfermo incurable, aún lo cuenta hoy así, con semejante desorden. Y desde la noche ciudadana lo cuenta, visible desde aquí la luz proveniente de esa ventana por la que a veces mira él; ordenada, disciplinada, la noche, él no, qué va: él es muy raro.

Según su padre muerto: «Mi hijo mata mucho, pero mata bien».

Según su madre viva: «¡Mata menos por bien que mates, y deja en paz a los políticos, no sea que…!».

Según él: «Bah, el peligroso era Franco, estos de ahora no fusilan al amanecer. Desgobiernan lo que pueden, eso sí, pero…».

«¡Fíate, fíate y acabarás antes de tiempo donde está tu padre!».

«Y qué. Por cuatro telediarios y medio que pueda perderme… Además, mi padre no se queja ni protesta. Tan mal no se vivirá de finado, digo yo».

«¡Mucho aprendiste tú de Cela y de esos otros degenerados a los que también llamas tus maestros!».

«Poco, la verdad; halagos los justos, señora Oliva».

«¡Todo lo malo sí lo aprendiste!».

«Ni eso siquiera, señora Oliva, ni eso».

Ese hombre que continúa mirando hacia aquí, como si estuviera viendo lo que no puede verse salvo con los ojos de la memoria o de la imaginación, tal vez recuerde ahora, precisamente ahora, la reciente visita de su madre.

Antes del oscurecer, fue Irina quien le abrió la puerta de la vivienda a la señora Oliva. La ucraniana, descalza, tan poco arropada como de costumbre, apenas cubierta su lozana anatomía con una camiseta de la selección española de fútbol (está de moda el balompié de nuestro país y los monumentos femeninos, aunque no necesiten presumir, suelen ir a la moda), le sonrió no desde el frío ilógico que siente al acordarse de las rosaledas de Prípiat (infante ella cuando el accidente de Chernóbil, cuando la mascarilla y las pastillas de yodo y la presurosa huida en autobús hasta Kiev), sino desde su plácido presente.

—¿Dónde está? —le preguntó la señora Oliva a la rubia de ojos claros y pelo corto y piernas largas.

—En uno de sus mundos.

—Sí, se te da bien seguirle la corriente a ese chiflado.

Poco más tarde, de nuevo enemistadas Irina y la señora Oliva, la madre le preguntó al hijo: ¿Me ha insultado?

—Creo que sí, pero no sé. Si no me las arreglo con el inglés ni a tiros, el ruso o el chino mandarín voy a entender yo. A mí me sonó a chino más que a ruso lo de la políglota esta, haya sido o no haya sido insulto. Pero fíjate qué bien domina nuestra lengua cuando sí quiere ser entendida. Por algo le pagan tanto por sus clases de idiomas extranjeros en ese colegio para ricos.

Ya no mira hacia aquí el hombre, ya vuelve a teclear. Hoy escribirá hasta el amanecer, hasta que lo deslumbre esa prístina luz de la que no solo el nombre nos queda (gracias, Adso de Melk, alias Umberto Eco).

Bueno, hay enfermedades peores, ¡vive Dios que sí las hay!

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TEO

Tan flaco está Teo —Teófilo Marqués, estudiante de Bellas Artes, secretario segundo de este blog— que parece desnutrido.

—Pues siempre deja el plato rebañado.

—Lo sé, Blanca, lo sé. Y no son escasas las raciones con que nos cebas, qué va.

—No aclaras lo de…

—Ah, sí, gracias, Blan… ¿Eres Blanca?

—Sí, ¿no me ves?

Antes de entrevistar a Teo, debo aclarar que, tras una reunión en la superpoblada secretaría de este blog, acordamos, por mayoría simple, lo siguiente:

  1. El jefe: yo (o aquí se acaba el invento).
  2. Secretario primero: Rogelio el ciego (ya estaba allí cuando desperté).
  3. Secretario segundo: Teo (no estaba allí cuando desperté).
  4. Secretaria primera: Blanca (cocina muy bien y abundantes son las raciones que nos sirve).
  5. Secretaria segunda: Irina (compréndelo, mujer, no te pongas así).

De cierta gravedad fue el garrotazo que recibí del ciego y variadas fueron las palabrotas de la ucraniana radiactiva, cómo domina el español, qué arte el suyo, con qué salero y creatividad insulta, así da gusto. Nada de lo anterior consta en acta. No obstante, y para que nadie se llame a engaño, el garrotazo de Rogelio no iba destinado a esta testa mía, sino a la de Teófilo Marqués (un error lo tiene cualquiera, más o menos invidente; también dos y etcétera, pero no fue el caso).

—A ver, Teo, desembucha, cuenta.

—Protesto. Rogelio no hace nada y…

—El ciego cumple órdenes, le pago para que meta ruido cuando se acerca a mí por la espalda, no vaya yo a diñarla de un susto, y no haga nada más que eso. Además, el mismo sueldo cobráis los dos y ya protestaste en la reunión, mira cómo tengo la cabeza por tu culpa, desgraciado.

—Si usted se hubiera apartado a tiempo, como hice yo…

—Si tú no hubieras protestado sin razón alguna… Bueno, venga, háblanos de tus padres.

—No tengo. Huérfano primero de padre y después de madre.

—Córcholis, como Irina. Desde luego, qué poca imaginación tienen los ríos que nos llevan.

—¿Los ríos? Qué ríos.

—Las vidas, hombre, las vidas. Nuestras vidas son los ríos y todo eso de las coplas de Jorge Manrique, ¿no te suena?

—Nuestras vidas no son ríos, señor José.

(«A este pobre hombre lo estamos perjudicando mucho, no va a tener ningún remedio lo suyo, ni bueno ni malo, cuando los loqueros puedan hacerse cargo de él»)

—En fin, dejemos la poesía para los poetas. A ver, a lo nuestro…

(«¿Y qué le pregunto yo a este pobre muchacho o, hablando en plata, a este merluzo integral?»)

—A ver, Teo, concéntrate. ¿Tienes novia o novio?

—Ni carne ni pescado, señor José. Me gusta mucho la carne, pero…

(«Desgarbado, con esa nariz del torero Manolete o del actor Adrien Brody, con ese pelo de esparto…»)

—¿Virgen aún, mi querido Teo?

(«¡Anda la hostia, qué pregunta, para merluzo del norte yo!, y menudo ceporro él si me sigue la corriente siquiera con una mentira, lo que suele responderse cuando alguien plantea interrogantes de este estilo»)

—Sí y no.

—¿Cómo dices, muchacho?

(«Qué mira y mira en la mano abierta como si estuviese leyendo las líneas de la palma»)

—Oficialmente sí; oficiosamente, por culpa de esta mano y a veces de la otra, no.

(«Pero qué… Ah, sí, claro»)

—Oficial y oficiosamente, muy bueno, Teo. Tienes futuro, muchacho, tienes futuro, no te achiques nunca y ya tendrás medio futuro conquistado. El otro medio no sé, no quiero darte falsas esperanzas.

(«Me apiadaría de mis dos secretarios si ellos se apiadaran de mí. Con todo, procuro tratarlos bien, qué menos. Salvo cuando me sacan de quicio o de mí se burlan o pretenden burlarse, que a mí, por las malas…»)

—¿No me nota usted como preocupado?

—¿Por el resultado de esta entrevista?

—Qué va, el resultado de esta entrevista me la suda. Estoy preocupado porque mañana…

—Cuenta, cuenta, comparte con nosotros tus preocupaciones, a lo mejor podemos ayudarte.

—Estoy muy preocupado porque mañana, en clase, tendré que dibujar a mano alzada.

—¿Sombras proyectadas?

—No, no. Un cuerpo.

—¿Un qué?

(«Y el caso es que yo juraría que ni Teo ni yo hemos probado hoy el anís La Asturiana, ayer si nos agradó con su presencia, pero hoy…»)

—Un cuerpo. El cuerpo de una mujer desnuda, de una modelo contratada para que pose mientras nosotros… Y suspenso, directo para septiembre, como me salga mal el boceto, no van a estar pagándole a la modelo días y más días con lo que ella cobra cada vez que se desnuda en Bellas Artes.

(«¡Eso sí que son estudios, en qué estaría pensando yo cuando me dio por los átomos y los laboratorios!»)

—¿Con lo bien que dibujas tú? ¿Ya te estás achicando, es eso?

—Me temblará la mano, señor José.

—No me fastidies, hombre, mujeres desnudas sí habrás visto.

—Oficiosamente, en revistas y pelis, sí, claro, pero oficialmente… Para mí tengo, señor José, que me temblaría menos la mano si…

—Si qué, cuenta, cuenta, a lo mejor podemos ayudarte.

—A eso voy, a eso. Pero temo…

—Tranquilo, muchacho, no temas.

—Si pudiera ensayar antes… Hoy, aquí mismo, en confianza…

—¿En confianza? ¿Aquí mismo? ¿Hoy?

—Usted no me sirve, a mí los hombres desnudos no me hacen efecto, pero si ella se desnudara y posara para mí en posiciones comprometidas una media hora o más, si ella, si…

(«Quién sabe, igual pica este pobre hombre, como está tan mal de la cabeza…»)

(«¡Será hijo de…!»)

—Entiendo. Quieres que Blanca…

(«Yo creo que picó el pirado este; tienes futuro, Teo, ¡vaya si lo tengo!»)

—No, qué va. Para mí tengo que me haría más efecto, que ensayaría mejor, si fuese Irina la que…

—Ya… Pues sí, coincido contigo, muchacho. Poco tiene Blanca que envidiar a Irina, es considerable su belleza morena, pero donde esté la rubia ucraniana…

—Usted sí que sabe, señor José.

—¿No escuchas el estridor de una sirena? Juraría, mi querido Teo, que es el de una ambulancia acercándose.

(«Pobre hombre, qué pena me da, ya oye y ve lo que no existe, como le sucedió a Sancho Quijote, ese señor que nació en Portugal y enfermó del tarro por leer muchos periódicos, a quién se le ocurre leer tanto»)

—No, la verdad. La oirá usted debido al garrotazo de Rogelio.

—Podría ser, sí, si para mí no tuviera, al igual que para ti tienes lo tuyo, que solo me estoy adelantando al futuro unos minutos; será un estudiante de Bellas Artes al que esa ambulancia vendrá a buscar con la urgencia debida.

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SILENCIOS

Hace años, hace ya tantos años que a veces me parece una mentira el recuerdo, un embuste completo ese ayer de mi juventud, escribí un relato sobre un minero atrapado en uno de los frentes del tajo por un derrabe de carbón. Yo, por entonces, tendía a narrar historias tristes, una querencia que puede enquistarse con el paso del tiempo, lo cual, según los sabios, no es necesariamente desaconsejable pese a que sobren lágrimas en este huevo giratorio acostumbrado a girar en el que vivimos y resulte evidente que es mucho más difícil, un verdadero reto literario, hacer reír que hacer llorar. Ese minero, del que alguien me había hablado, vivió para contarlo y repetir: «Qué negro era aquel silencio». Una frase poética con la que resumía una situación que nada tenía de poética.

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En la actualidad, el viento del progreso —siempre relativo— se llevó la mayor parte del carbón asturiano y, con la hulla, la silicosis y el grisú y las ojeras de tantos hombres tiznados en relevos de mañana o tarde; se llevó el pleno empleo a cambio de sueldos de miseria y otras calamidades, pero tres castilletes me hablan todavía de mis antepasados —hoy reposan en uno de los vastos jardines sin aurora de Luis Cernuda— cada vez que voy a visitar sus nichos para que mi silencio blanco y mi presencia ahuyenten al olvido del poeta sevillano. Me hablan esos castilletes de mi abuelo paterno, chamuscada la oreja por una explosión del violento metano —asiente en mi memoria: sí, también fue muy negro el silencio que padeció durante una eternidad, no exageraba el protagonista de mi relato—, y, entre otros parientes, de mi abuelo materno, tan ingenioso que interrumpía labores ajenas en jaulas y galerías y rampas con incesantes cuentos y chistes que provocaban carcajadas múltiples, tan buenas para la salud de cuerpos y almas.

Los recuerdo medio derrotados pero alegres, y aún hoy me asombra ese buen humor, sin duda proveniente de un coraje invencible; un buen humor del que vuelvo a acordarme al ver, en este presente nuestro, a personas mohínas por doquier: unas por no tener trabajo y otras por tener que trabajar.

¿Ni media hostia existencial soportamos hoy? ¿Es eso? De ser así, ¿qué nos ha ocurrido, por qué, qué ha sido del valor de nuestros ancestros? ¿Únicamente se hereda lo malo o menos bueno? ¿Nadie me contesta? ¿Nadie? Seguiré preguntando, como aún pregunta Michael Jackson en su lamento histórico, en su Canción de la Tierra.

PÓLVORA

Como tengo que caminar muy pendiente del suelo que piso (más me vale, tan resbaladizas algunas baldosas, otras desajustadas), no me fijé en el hombre alto, flaco, moreno, ni en la bellísima mujer rubia (esto sí que no es habitual en mí por muy peligrosas que sean algunas aceras), casi tan alta como él, que lo acompañaba. Me detuve, qué remedio, cuando unos zapatos quietos interrumpieron mi lenta y torpe marcha. Alcé la vista, vi una sonrisa, dos. También yo sonreí, qué menos. Dejé paso. Pero la pareja no se movió de donde se había parado, como yo me paro a veces para ver monumentos femeninos.

—¿No me conoce, profesor?

No, no reconocí al hombre de corta barba negra que volvió a sonreír. Busqué pistas en ella, en la rubia de ojos claros y piel muy blanca, y nada, peor todavía.

—Soy Pedro.

¿Pedro? Qué Pedro. El ¡Pedro! de la Penélope Cruz no era, eso fijo, ya le hubiera gustado a Almodóvar ser un Pedro así, tan bien plantado.

—Pedro el de la pólvora, profe, ¿se acuerda?

Caí.

—¡Pedro Cortina Pascual!

—Se acuerda…

—Como para no acordarme… Qué es de tu vida, hombre.

—Ya ve. De vacaciones en Oviedo.

Miré al callado y sonriente monumento femenino.

—No, a ella no la conoce. Es alemana.

—¿Alemana?

—Ahora también soy yo medio alemán, profesor.

Mi antiguo alumno vive en Leverkusen y trabaja en la Bayer. Forma parte del amplio equipo internacional que se ocupa de la ingeniería genética de alimentos (¡toma ya, a ver si acabáis con el hambre en los países pobres, majos, que ya es hora, que mis niños siguen muriendo por desnutrición y el futuro, de existir, será de los niños supervivientes!). Él, Pedro Cortina, como yo, estudió en la Facultad de Ciencias Químicas de Oviedo y, como yo, se especializó en Química Orgánica (el exigente pero afable José Barluenga al frente del Departamento en mis tiempos universitarios y aún en los suyos, en los de Pedro).

«Si continúas por este camino…».

«Es verdad. Gracias, Irina».

«¡Soy Blanca, joder!».

«Ah, sí, perdona».

«A la pólvora, tú a la pólvora».

«Allá voy como un tiro, sí».

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En el viejo instituto de enseñanza media (actual instituto de educación secundaria, ¡a ver si nos aclaramos de una vez, ya está bien de leyes y nuevas leyes educativas condenadas al fracaso por no llegar a consensos permanentes los derechistas con los izquierdistas, qué vergüenza!, no se culpe a los educandos de estar a la cola de Europa en cuanto a resultados académicos se refiere), no era buen estudiante Pedro Cortina Pascual. Sin ser conflictivo, poco tenía de disciplinado. Se me ocurrió un día (así era yo) proponer una actividad extraescolar en principio descabellada. La titulé Prácticas de laboratorio (¡toma ya!). Igual picaba alguien, cosas más raras se habían visto. Debía ser aprobada la iniciativa por el director del instituto (no problem, aún hoy es uno de mis mejores amigos) y por el jefe de estudios (no problem, era yo). Picaron catorce jóvenes nada menos, Pedro Cortina entre ellos y ellas.

Qué hace éste aquí, entre lumbreras del calibre sobresaliente, ¿viene a volarme por los aires el laboratorio, a arruinar mi brillante carrera como profesor?

Qué sorpresa enseguida, cuando Pedro Cortina, el primero en llegar, a las cuatro y media de la tarde, y el último en marcharse, sobre las seis y media o las siete y media de la misma tarde de los miércoles, empezó a preguntarme lo que nunca me preguntaba en clase o, por ejemplo, ¿Qué aparato es este, profe? (Un medidor antiguo, ya no sirve, ¿Lo tiramos?, No, no, déjalo ahí, que no es mío y, además, no estorba)

Con pastillas de jabón, que ellos y ellas habían fabricado, y otros productos made in nosotros, como perfumes o figuras de vidrio (un curso escolar da para mucho si se sabe aprovechar el tiempo), iban para casa, más contentos que unas castañuelas alegres, los catorce del Pirado (así me llamaban a mí en el instituto, el Pirado, también Robocop, pero esa es otra historia).

Oye, profe, Dime, Pedro, ¿Es difícil preparar pólvora?, Qué va, nitrato de potasio, azufre y carbón, mezclados en unas determinadas proporciones, y ya está, pólvora negra lista, ¿La preparamos entre todos?

Piqué.

Por los aires voló la puerta del gimnasio de las chicas unos veinte días después.

Confesó Pedro ante mí.

No había nadie, profe, y la puerta ya no valía nada, una patadita y se la cargaba cualquiera. Fue un experimento, quería saber… , Dónde conseguiste el nitrato y lo demás, En la tienda de jardinería que hay en la calle Brasil, Ya, Y ahora estudio mucho, no soy el de antes, quiero ser químico, ¿Has visto la luz?, Qué luz, Nada, cosas mías, a ver cómo salimos de esta, jodido lo tenemos, chaval, Lo siento, profe, de verdad, no volverá a suceder. (De qué me suena a mí esto último, lo que Pedro Cortina me prometió y cumplió, alguien lo prometió también no hace mucho)

Confesamos los dos ante el Consejo Escolar.

La presencia del alumno en la sala de reuniones ya no era procedente («Para casa directo y pon cara de bueno los próximos días», le recordé en voz baja mientras le abría la puerta, «Vale, profe», cerré la puerta), la mía sí.

¿Expulsar a Pedro Cortina Pascual precisamente cuando había visto la luz? Ni hablar. La culpa era mía, por algo me llamaban el Pirado. Y la puerta del gimnasio de las chicas amenazaba ruina desde el curso anterior, tal vez Pedro Cortina había evitado una auténtica desgracia (cómo me inflamé, qué actuación, los apodos no suelen ganarse así como así).

En esas estábamos, pronto volvería a reunirse el Consejo para tomar una decisión, cuando varios alumnos de uno de los grupos de letras descalabraron a un compañero de clase y lo nuestro, lo de Pedro y mío, quedó archivado de repente, muy serio el nuevo daño, ni comparación tenía con el asunto de la pólvora y la puerta.

«Aquello sí que era la guerra, jefe».

«Qué va, ciego, qué va, para guerras las de ahora, lo que me cuentan que sucede ahora en los centros educativos, mayormente públicos».

«Qué pasó ese día con el barbas y con la alemana».

«Mira el contador de palabras, más de mil, nadie leerá esto, ni mi cuarto secretario siquiera, el estudiante Teo, del que poco sabemos porque calla mucho. Pero bueno, qué más da que alguien lo lea o no, aquí lo dejo todo y ya está».

«Ahí, ahí, jefe, así me gusta».

«¿Por dónde iba, Blanca?».

«¡Soy Irina, joder!».

«Ah, sí, perdona».

«Venga, remata de una vez, ya está contado lo principal».

«Como yo no sabía si iba o venía, ni me importaba, entré con Pedro y la alemana del Ja y del  Nein en una cafetería y allí me habló él de la ingeniería genética de alimentos. Poco, casi nada, entendí, pero disimulé muy bien».

Ya estará Pedro trabajando, investigando de nuevo, en la Bayer. Mis niños tienen hambre, Pedro, a ver si descubrís pronto, cuanto antes, una luz de esperanza, a ver si lográis esa explosión de alimentos infantiles de la que me hablaste, eso sí lo entendí.