CINE, POR FAVOR

Ante el tedio de las iteraciones políticas debidas a los intereses espurios de gran parte de nuestros representantes, recurriré hoy, ahora, a una de las caras de la creatividad del ser humano.

—¡Blanca!

—¡Olvídame!

Acabaré olvidándote, sí.

—¡Irina!

—¡Posando para Teo!

¿Posando? Caray con el estudiante de Bellas Artes, mucho está aprendiendo ése conmigo, cómo conseguiría… A ver si sabe más que yo, a ver si soy yo el lerdo…

—¡¿Desnuda?!

—¡No, señor José, pero todo llegará! ¡Para ahí le mando a Rogelio, que aquí, con nosotros, estorba, y mucho!

Ya mete ruido el ciego, sí.

—Presente, jefe.

—Pon cine, por favor.

—¿Qué película en concreto?

—Con tal de que sea excelente…

—África, pobre África, Rogelio.

—Veo por aquí…

—Qué ves, ahora que ves.

—A Lawrence de Arabia.

—Oriente Medio, los beduinos, más guerra… Afirman los expertos que el filme está plagado de incorrecciones históricas.

—¿Importa eso, jefe?

—Buscar la verdad en el pasado es como buscarla en el futuro, mi querido Rogelio.

—Qué frase, amo. ¿Puedo saber a quién has plagiado en esta ocasión?

—Pues… No me acuerdo, ciego. ¿Tenemos Tomates verdes fritos?

—¿Se lo pregunto a Blanca?

—Qué Blanca, no recuerdo a ninguna Blanca.

—¿No recuerdas a la que tan bien nos ceba? ¿No recuerdas a tu secretaria primera?

—Pues no, ya ves.

—Ya veo, ya.

—Ahora que ves, busca a ¡Towanda!

El cine, el buen cine… Gracias, cine.

 

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VOCES

A finales de noviembre del año pasado, Pepe Monteserín publicó en el periódico La Nueva España uno de sus brevísimos artículos, el titulado Doblajes. Novelista y lo que pinte, todo en él ingenioso y agradable, no necesita muchas palabras para demostrar su valía como escritor.

En unas líneas se muestra en desacuerdo con su mujer, ella partidaria de las películas en el idioma original (con subtítulos) y él de los doblajes, del español de José Guardiola o de Pilar Gentil o de cuantas voces masculinas y femeninas interpretan, silencian a las de actores y actrices del hemisferio norte o del hemisferio sur. Ante la disyuntiva de observar o leer, prefiere, en este caso, la observación.

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Entre dos mundos me dejó en su día su artículo, de acuerdo con su mujer y de acuerdo con él, con Pepe.

Con su mujer:

En la actualidad, puede uno decantarse en la tele de pago (pobres cines) por la versión en el idioma original del filme o por la versión en lengua española (entre otras). Como es posible optar, opto a veces y leo unos minutos, observo los siguientes, vuelvo a leer subtítulos, torno a las voces en español… Y sale ganando (¡vaya si sale ganando!) el original por muy artistas que sean dobladores y dobladoras.

Con Pepe:

O leo u observo. Ya hay constancia en este blog de que no sé leer y escribir al mismo tiempo, conste ahora esta nueva torpeza (peor que Sócrates acabaré, muchísimo peor, ni que no sé nada acabaré sabiendo yo). Por tanto, observo, y que suenen las voces que sean, Más se perdió en Cuba en todo caso.

Otras consideraciones:

Primera: Mi amigo Woody Allen (alguna que otra vez compartimos psiquiatra, cuando él viene a Oviedo o cuando yo viajo a New York City, nos hacen descuento en ambas ciudades, cerca de la calle Uría y en el centro de Manhattan) está muy satisfecho con su doblador al español y catalán, el actor Joan Pera. No dudó en ofrecerle, como prueba de su gratitud, un papel en la película Vicky Cristina Barcelona.

—Cómo eres, Woody. Un papel mudo le ofreciste.

—No quedaba otro.

—No sé si creerte, la verdad.

—Quiénes son estos dos tan feos y estas dos tan guapas que te acompañan.

—Mis dos secretarios y mis dos secretarias.

—Diablos y centellas, yo solo tengo tres.

—Pues te jodes, macho, como el Marías, alias el inglés.

—Quién es el Marías ese.

—Un escritor, mayormente novelista, como el Pepe tan majo del inicio.

—Me aturullas… Va a tocarme, lo noto.

—Mañana te acompaño al loquero, que ya noto yo algo también.

Segunda: En mi época estaba de moda el francés, aprender a leer y a escribir en francés, hablarlo era lo de menos (se conoce que en España, por uno o por otro, no acabamos de hallar la clave que nos conduzca hacia una educación plenamente satisfactoria: lo que hoy importa es que el profesorado acabe los temarios a celeridades de misil, que el alumnado entienda algo es lo de menos, que vayan a clases particulares o pidan ayuda a los padres, rediós). Por eso me luce a mí el pelo como me luce con el inglés de los…

Tercera: Cuentan los nórdicos que sus hijos únicamente ven películas en el idioma original del filme (con subtítulos) y que por eso a esos hijos suyos se les dan tan bien los idiomas. Será verdad si ellos, tan descoloridos y serios, lo dicen.

Cuarta: Todos estos líos lingüísticos proceden, según cuentan, de una torre que se pusieron a construir entre unos cuantos. Como ya estaban llegando con ella al Cielo sin permiso divino, se enfadó Dios y, hala, todos condenados al lío de no entenderse unos con otros. Al carajo se fue la torre y sin entendernos unos con otros seguimos, qué majaderos esos del pasado, a quién se le ocurre, por Dios.

Quinta: La voz de Marlon Brando me parece un churro (actualización del 1 de mayo: tras observar que algunos y algunas han creído semejante barbaridad, debo confesar que he mentido, que tan ignorante no soy aún) en comparación con la de su doblador al español. En El padrino y no solo en El padrino. Qué decepción, Brando, quién me mandaría a mí andar jugando con el mando a distancia (insisto: he mentido hace cuatro días).

Sexta: Menos mal que las imágenes y las bandas sonoras no necesitan, por lo general, ser dobladas.

Séptima: De la séptima no me acuerdo. Por tanto, no habrá octava, novena ni décima. Es decir, The End por mi parte (versión doblada al español del The End: Fin).

TARANTINO Y SUS VIOLENCIAS

Conste, desde ya, que también admiro a Quentin Tarantino por el calculado desorden que impera en muchos de sus filmes, similar al aparente desbarajuste reinante en muchas de mis novelas (en todo caso, fue él quien me plagió a mí, no a la inversa, y a nuestros pasados me remito: ya publicaba yo, directo hacia el anonimato, mis historias desbarajustadas cuando él comenzó su imparable carrera triunfal, década de los noventa, para más señas).

¿Tarantinianas mis novelas? Pues sí, no lo niego. Pero ordizianas podrían ser sus películas (ordizianos sus guiones, tan hirientes para la sensibilidad de ciertas personas) de haber cantado otro gallo, el mío, el que tanto calló y calla (peor otros gallos no obstante, los que callan siempre; quien no se consuela es porque no le da la gana, porque le gusta llorar o algo parecido). Además, Tarantino y sus violencias juegan con la ventaja de las músicas, de las canciones bien elegidas y repartidas entre las imágenes, a su servicio el mismísimo Morricone, recientemente oscarizado en Los odiosos ocho (no acabo de entender por qué no ha sido nominado este filme por los miembros de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas, ellos, que son los que saben, sabrán). Ahí están mis violencias, en cambio, sin que nada las mitigue.

No conozco a Quentin en persona, pero me cae bien a miles de kilómetros de distancia. Según él, suelen preguntarle todavía: «¿Fuiste a la escuela de cine?». Según él, responde: «No, fui al cine». Los genios, aunque puedan herir sensibilidades con sus creaciones, contestan así y te dejan sin palabras.

(No sé por qué recuerdo ahora, que sí tengo palabras y estoy en pleno uso de ellas, al fílmico Groucho Marx: «No se preocupe si no le gusta mi programa, tengo otro». Ah, sí, ya sé por qué me acuerdo de él)

Ya me caía bien antes de que los odiosos cincuenta y pocos que ha cumplido moldearan su rostro y alguno de sus rasgos (como ya está escrito en este blog, pero cualquiera encuentra lo que escribí hace meses, no seré yo quien lo busque) me recuerden más que nunca al Popeye de las espinacas y los dibujos animados. Me lo recuerdan aunque el director, guionista, productor y actor estadounidense no tenga en la boca la pipa que yo sí tengo en ella y que en ella también tiene Popeye el marino.

Tarantino

Cuánto entusiasmo en Tarantino cuando obtuvo su segundo Óscar al mejor guion original (sin música, ya no me sirve el consuelo de antes, luego buscaré otro, tengo varios) de Django Unchained (nos quejamos de los espectáculos que se suceden en este país, mayormente políticos, por eso me acordé antes de Groucho, pero menudo jaleo en USA, también, todavía, con la piel y sus colores). Un niño feliz, con casi cincuenta años, con zapatos nuevos, vi en él.

Confesaré, porque puedo, que verdaderamente empecé a admirar a Tarantino tras asistir a la proyección de la violenta Pulp Fiction (1994).

En ella un renacido John Travolta y una fuente de inspiración para cineastas posteriores, ¡casi nada!

¿Su primer éxito? En 1992, con Reservoir Dogs (por aquí y por allá anduvo su guion hasta que, de mano en mano, unas manos sabias supieron leer).