FRAGMENTOS (7)

(Gulnara y Svetlana, gemelas, toman el sol en algún lugar de España, donde conviven con dos mecánicos del automóvil, con dos criminales en realidad)

«Guardan silencio mientras la brisa vespertina les trae aromas de las arboledas cercanas que les recuerdan las fragancias del ayer —esos olores del pasado que nunca se olvidan—, ellas aún infantas en Prípiat, la ciudad del futuro que el Partido Comunista de la Unión Soviética —Brezhnev en la presidencia— fundó para dar hogar a los trabajadores de la central nuclear de Chernóbil, el padre de las gemelas entre ellos. No tienen por qué acordarse del Centro Cultural Energetik, del Edificio de Administración, del Café Prípiat, tan cerca del río que dio nombre a la ciudad, del Bulevar Lenin, ni de otros restos de la ciudad fantasma tras el desastre nuclear, pero sí se acuerdan con viveza de los fragantes arbustos de rosas que los habitantes de la ciudad atómica plantaban delante de sus hogares por iniciativa oficial. Se acuerdan de dónde nacieron y vivieron, al final de la Avenida de los Entusiastas, y también se acuerdan de la evacuación general que siguió a la explosión. Se acuerdan de las tabletas de yoduro de potasio, de los respiradores para niños que su padre, herido por el átomo antes amigo y enemigo de pronto, les puso en la cara, del viaje en autobús hasta Kiev, de donde eran naturales sus progenitores, quienes, como tantos otros, habían abandonado la población natal para vivir en Prípiat, donde los mató la radiactividad por más que el padre muriera seis meses después de su regreso a Kiev y la madre dos años más tarde. De ellas, de criar a las huérfanas, se encargó la abuela materna. Se acuerdan de la independencia de Ucrania de la Unión Soviética, tras el fracaso del golpe de estado conservador que intentó eliminar a Mijaíl Gorbachov para restaurar el poder del Partido Comunista, y también se acuerdan de la posterior desaceleración económica de la nueva república, de la recesión brutal hasta el año dos mil, de los crímenes y corrupciones y protestas y huelgas. Se acuerdan de sus novios primeros, de los que las desvirgaron sin que hoy se expliquen cómo se entregaron a semejantes pretendientes, el de Svetlana con cierto olor a cadaverina —trabajaba en una empresa funeraria— y el de Gulnara un albañil más aficionado a la bebida que al ladrillo»

(Fragmento de la novela La vocalista ausente)

—¡Irina, Irina! —vocea Rogelio el ciego.

—¡Irina, Irina! —vocea Teo el estudiante.

—Dejadla en paz —les pido yo.

—Son compatriotas suyas, amo.

—Es su pasado, señor José.

—Pero no necesita que nadie se lo recuerde y, además, a diferencia de vosotros, ella ya ha leído la novela.

—Yo no puedo leerla porque estoy ciego, jefe.

—Y yo porque estoy estudiando, señor.

—Lo tuyo, Rogelio, no se lo cree ni el lucero del alba. En cuanto a ti, mi querido Teo, ¿no te habías graduado ya, no es eso lo que pregonas por ahí?

(Silencios)

(¡Cuánto dicen algunos silencios: los de mis dos secretarios, los de Prípiat…!)

Algunos restos de Prípiat
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LEER

Se acerca mi sexagésimo tercer cumpleaños. Durante estos últimos meses, bien creí que no viviría para contarlo. Pero en el barrio de los vivos continúo. Y como en este barrio sigo, aún puedo hablar con Alonso Quijano.

—Alonso. Alonso.

Pues no, no me contesta.

—¡Cómo te va a contestar si está preso en el Quijote!

—Cierto, ciego, cierto.

—Lo que hay que ver. Ya confundes, amo, la realidad con la ficción.

Bueno, lo mismo da. Quería reproducir lo que algunas y algunos estiman: Leer no es, necesariamente, perjudicial para la salud. Puede que Alonso Quijano deba su memorable locura al mucho leer…

—¿Periódicos?

—De tu aparente incultura ya tenemos noticias, mi querido Teo; calla y a lo tuyo, a dibujar sombras proyectadas.

Pero como algunas y algunos estiman que lo mató la cordura, no su bendita locura, y como suelo hacer regalos cada vez que cumplo años, os invito a LEER.

Son libros míos, procedentes de uno de mis mundos, del que me alimenta el espíritu, no el cuerpo, y debo adelantar que pueden herir la sensibilidad de la lectora o del lector.

—Como no necesiten prender fuego o calzar alguna mesa coja con los libros en papel… Y ni eso podrán hacer si eligen el formato electrónico.

—¡Alonso! ¡Alonso!

SAL DULCE