FRAGMENTOS (6)

Dos hombres aporrearon la puerta de la cabaña de Arquín el sabio. Como el viejo no respondía a la urgencia de las llamadas, ya se disponían a regresar a Los Bosques del Este cuando el anciano les abrió la puerta. Apenas lo cubría un sencillo taparrabos, y su cuerpo sólo era ya un esqueleto con pellejo. Los hombres se miraron el uno al otro, incrédulos de que aún viviese aquel cadáver, y luego habló el más alto de ellos para decir: «Vístete, Arquín. Un nuevo desafío reta desde ayer a tu inteligencia y, como no nos creerás, habrás de acompañarnos hasta Los Bosques del Este». El sabio negó con la mano, después sentenció: «Estoy vivo, pero estoy muerto». Y cayó al suelo en cuanto dijo lo anterior. Los dos hombres ya salían de la cabaña cuando oyeron que el aparente finado protestaba de este modo: «Estoy muerto, pero estoy vivo, así que no tengáis tanta prisa y contadme lo que ocurre y yo determinaré, tras escucharos, si merecéis el pago que otras veces os di». Los hombres se acercaron a Arquín. El sabio yacía, desmadejado y caído de bruces, sobre la tierra del piso de la cabaña y nada hacía por incorporarse, por variar la postura. «¿No vas a levantarte de ahí?», preguntó el más bajo de los mensajeros. «No puedo levantarme de aquí», puntualizó Arquín. «Te levantaremos de ahí», adelantó el hombre más alto. «No quiero levantarme de aquí», contestó Arquín, y luego pidió: «Hablad de una vez y no os preocupéis por mi estado, sino por el interés de vuestras noticias». «Verás, Arquín», comenzó diciendo el más bajo de los mensajeros, y el hombre más alto prosiguió la frase que el compañero había empezado y para ello habló así: «Nerea la bruja está suspendida en el aire, al lado de su cabaña, sin que nada ni nadie la sostenga». Los huesos del viejo sabio cobraron vida repentina. Cuando el anciano consiguió sentarse en el suelo, preguntó: «¿A qué altura levita esa bruja?». El hombre bajo respondió: «Yo no puedo alcanzarla con mis brazos». «A poca altura entonces», calculó Arquín. «Ni yo tampoco con los míos», aclaró el hombre alto. «A considerable altura», corrigió Arquín la opinión anterior. El sabio pagó a los mensajeros la información y, como las piernas no lo llevarían a Los Bosques del Este, les ofreció otras tantas monedas si lo transportaban hasta el lugar del prodigio. «¿Truco de bruja experta o portento que anuncia el futuro?», se preguntaba Arquín desde la parihuela en que era trasladado, y, a continuación, con la vista posada en el cielo, se lamentaba así: «Mi cuerpo ya no sirve ni para soportar el peso de mis dudas. Vendrá el futuro y yo estaré muerto. Sí, acaso la muerte me dé cuanto la vida me ha negado, pero ya no podré descubrirlo por mí mismo. Y la búsqueda hace latir el corazón del cerebro, mientras que los conocimientos, una vez obtenidos, enfrían los espíritus».

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La bruja sonrió al verlo. Arquín el sabio abandonó la parihuela y, después de levantar inútilmente los brazos, pues no consiguió asir a la vieja por los pies, en vano trató de hallar explicaciones racionales al misterio que la mantenía suspendida en el aire. «Busca, busca. Cuanto más busques, más acusarás el fracaso de tu ciencia frente a mi magia», se burló de él la bruja con su vocecilla aflautada. «Busco, sí, busco, pero ya es demasiado tarde porque mi cuerpo no obedece a mi voluntad», se lamentó Arquín, y luego, tras caer al suelo derribado por la edad, clamó así: «Si realmente pretendías desafiarme, ¿por qué no levitaste cuando todavía me quedaba tiempo para pensar? Mi derrota será tu triunfo, pero ahora sólo vencerás a un moribundo, Nerea maldita, mientras que antes habrías logrado el respeto de un sabio. En nada creía ya, y ahora debo creer lo que veo. Por ello, mi agonía será más dolorosa, sí, pero breve será el gozo que obtengas con mi dolor: ya huelo tan mal como tú, ya respiro el tufo que despide este cadáver en el que aún vivo». «Recoged los huesos de ese chivo loco y alejadlos de mí», pidió la bruja a los dos hombres que habían transportado a Arquín desde Las Montañas, y luego ascendió un palmo más en el aire.

EL NARRADOR DE HISTORIAS FANTÁSTICAS

—¿Y?

—Ese mismo día falleció Arquín el sabio. Nerea la bruja continuó ascendiendo en el aire hasta que todos la perdieron de vista. Nunca más se supo nada de ella.

FRAGMENTOS (5)

Según mi padre:

Años más tarde, Marino y Antón recordarían la tarde lluviosa en que los muertos del cementerio viejo salieron del osario como para dar la bienvenida a José Lucinio, también conocido como el Meca.

—¿Te acuerdas, Antón?

—Claro que me acuerdo.

Aún no había nacido yo, aunque ya me quedaba menos para nacer a mi aire, sin madrugar.

—¿Que los muertos salieron del osario?

—Pues sí. Se derrumbó el muro de contención del cementerio viejo justo cuando iban a enterrar a José Lucinio y, hala, calaveras por aquí y tibias por allá. Que lo creas o no es asunto tuyo, pero así fue.

Aún faltaban muchos años para que yo naciera sin nocturnidad cuando sucedió lo que Marino y Antón recordarían.

Fue María, la madre de Marino, quien se empeñó en que el hijo hablara con el cura de la parroquia durante aquellos años de la posguerra para ofrecerse como monaguillo.

—¡Que no quiero!

—Tú en este plan y tu padre por los montes. Pero vas a obedecerme, vaya si me obedecerás. Escúchame, tonto: si te portas bien, el cura puede salir por nosotros en caso de apuro. Así todos sabrán que el rojo es el padre y no los hijos. Qué trabajo te cuesta hacerme caso. Hazme caso, Marino, hazme caso y verás… Mañana mismo bajarás hasta la iglesia y…

—¡Que no! El cura me echará de la iglesia, seguro que me echa.

—Allá él con su conciencia si hace eso.

Inseparables ya por entonces, Antón acompañó a Marino y juntos se detuvieron ante la puerta de la casa rectoral tras comprobar que la iglesia estaba cerrada.

—Oye, Antón.

—Qué.

—Preséntate conmigo.

 —Bueno, está bien. Pero lo dejo si no me gusta.

El propio sacerdote, y no el ama, les abrió la puerta. Les preguntó qué deseaban, se quedó pensativo un instante, les pidió que entraran finalmente. El cura, entrecano el pelo, remangadas las mangas de la sotana, estaba comiendo en la sala contigua a la cocina. Les mandó que se sentaran a la mesa y llamó al ama para que trajera el pote con el cocido sobrante y dos platos más.

—Nosotros ya comimos, señor cura —indicó Antón.

—Pues comeréis otra vez. El cuerpo os lo agradecerá, que estáis creciendo. Y vaya si crecéis vosotros dos, ahora que me fijo. Bueno, y a qué se debe vuestra repentina vocación, si puede saberse. Porque vosotros no venís mucho por la iglesia.

—Venimos a misa los domingos y las fiestas de guardar —replicó Antón. Para no mentir, iba a puntualizar: algunos domingos y algunas fiestas, pero calló.

—Sólo faltaría eso.

El ama vació el pote en las escudillas de los invitados.

—Comed —les ordenó el cura—. Después os examinaré aquí mismo, a ver si me convencéis.

Entre regüeldo y regüeldo, el párroco les pidió que recitaran el padrenuestro, el credo, la salve, y Antón, con muchas lagunas en la memoria por falta de práctica, dejó que Marino llevase la voz cantante y en la sabiduría del amigo camufló sus ignorancias lo mejor que pudo.

—Una pena, sí —cabeceó el sacerdote.

Los chicos lo miraron sin comprender.

—Una pena lo de tu hermano y lo de tu padre, Marino, una pena. Lo de tu hermano así lo quiso Dios, pero lo de tu padre…

Marino agachó la vista, susurró:

—Entonces, ¿no me quiere?

—Cómo no voy a quererte, hijo mío, cómo no.

—¿Y a mí? —preguntó Antón.

—Tú, por lo que sé, me acabarás con el vino de consagrar, pero es igual. Vendréis conmigo a la sacristía y allí lo pensaremos mejor.

 

Marino no tendría hijos ni llegaría a viejo, Antón sí tendría hijos —por eso estoy yo entre dos mundos— y a viejo llegaría.

Ambos fueron monaguillos durante un tiempo.

—¿Más de un año?

—Más de un año es lo que llevo yo en WP. Ellos duraron mucho menos en activo. El cura era bueno, imbécil no, o eso me contó mi padre.

En aquel tiempo