LEER

Se acerca mi sexagésimo tercer cumpleaños. Durante estos últimos meses, bien creí que no viviría para contarlo. Pero en el barrio de los vivos continúo. Y como en este barrio sigo, aún puedo hablar con Alonso Quijano.

—Alonso. Alonso.

Pues no, no me contesta.

—¡Cómo te va a contestar si está preso en el Quijote!

—Cierto, ciego, cierto.

—Lo que hay que ver. Ya confundes, amo, la realidad con la ficción.

Bueno, lo mismo da. Quería reproducir lo que algunas y algunos estiman: Leer no es, necesariamente, perjudicial para la salud. Puede que Alonso Quijano deba su memorable locura al mucho leer…

—¿Periódicos?

—De tu aparente incultura ya tenemos noticias, mi querido Teo; calla y a lo tuyo, a dibujar sombras proyectadas.

Pero como algunas y algunos estiman que lo mató la cordura, no su bendita locura, y como suelo hacer regalos cada vez que cumplo años, os invito a LEER.

Son libros míos, procedentes de uno de mis mundos, del que me alimenta el espíritu, no el cuerpo, y debo adelantar que pueden herir la sensibilidad de la lectora o del lector.

—Como no necesiten prender fuego o calzar alguna mesa coja con los libros en papel… Y ni eso podrán hacer si eligen el formato electrónico.

—¡Alonso! ¡Alonso!

SAL DULCE

 

 

 

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EXTRAVÍOS

Trece relatos más o menos breves, una novela corta y múltiples personajes que en algún momento de sus vidas pierden o han perdido el norte existencial componen este libro en el que se narra el presente de una chica en busca de un futuro mejor que su pasado y el feroz desamparo de un hombre y las consecuencias de los malentendidos de una niña y el imposible olvido del dueño de una funeraria que habla con los muertos… Un libro en el que se recrea, nuevamente, en definitiva, lo que la realidad le va contando al oído siempre atento del autor.

PORTADA

Extravíos (413 páginas, formato papel y digital)

Ed. Liber Factory, Madrid, septiembre de 2017

LA VOCALISTA AUSENTE

—¡Rogelio! ¡Teo!

Nadie…

Soñar también tiene un precio, claro.

En fin, que el espectáculo siga, conmigo, unos minutos más, por qué no.

portada

No hay cifras oficiales de personas desaparecidas en España. Se presentan unas doce mil denuncias anuales. El noventa y nueve por ciento son desapariciones voluntarias y se resuelven con relativa sencillez. En el resto se incluyen las desapariciones inquietantes, de alto riesgo o forzadas, en las que la vida de la persona puede estar en peligro.

(Datos proporcionados por la Policía Nacional y la Guardia Civil)

Esta novela aborda la inquietante desaparición de la vocalista de una orquesta. Las investigaciones de un detective privado, en busca de la cantante ausente, alientan los fingimientos y las noblezas de diversos personajes tanto en sus presentes como en sus pasados; entre ellos el psiquiatra de los discursos que componen una historia dentro del relato principal; una historia secundaria que, sin embargo, continúa cuando finalizan las pesquisas.

FRAGMENTOS (6)

Dos hombres aporrearon la puerta de la cabaña de Arquín el sabio. Como el viejo no respondía a la urgencia de las llamadas, ya se disponían a regresar a Los Bosques del Este cuando el anciano les abrió la puerta. Apenas lo cubría un sencillo taparrabos, y su cuerpo sólo era ya un esqueleto con pellejo. Los hombres se miraron el uno al otro, incrédulos de que aún viviese aquel cadáver, y luego habló el más alto de ellos para decir: «Vístete, Arquín. Un nuevo desafío reta desde ayer a tu inteligencia y, como no nos creerás, habrás de acompañarnos hasta Los Bosques del Este». El sabio negó con la mano, después sentenció: «Estoy vivo, pero estoy muerto». Y cayó al suelo en cuanto dijo lo anterior. Los dos hombres ya salían de la cabaña cuando oyeron que el aparente finado protestaba de este modo: «Estoy muerto, pero estoy vivo, así que no tengáis tanta prisa y contadme lo que ocurre y yo determinaré, tras escucharos, si merecéis el pago que otras veces os di». Los hombres se acercaron a Arquín. El sabio yacía, desmadejado y caído de bruces, sobre la tierra del piso de la cabaña y nada hacía por incorporarse, por variar la postura. «¿No vas a levantarte de ahí?», preguntó el más bajo de los mensajeros. «No puedo levantarme de aquí», puntualizó Arquín. «Te levantaremos de ahí», adelantó el hombre más alto. «No quiero levantarme de aquí», contestó Arquín, y luego pidió: «Hablad de una vez y no os preocupéis por mi estado, sino por el interés de vuestras noticias». «Verás, Arquín», comenzó diciendo el más bajo de los mensajeros, y el hombre más alto prosiguió la frase que el compañero había empezado y para ello habló así: «Nerea la bruja está suspendida en el aire, al lado de su cabaña, sin que nada ni nadie la sostenga». Los huesos del viejo sabio cobraron vida repentina. Cuando el anciano consiguió sentarse en el suelo, preguntó: «¿A qué altura levita esa bruja?». El hombre bajo respondió: «Yo no puedo alcanzarla con mis brazos». «A poca altura entonces», calculó Arquín. «Ni yo tampoco con los míos», aclaró el hombre alto. «A considerable altura», corrigió Arquín la opinión anterior. El sabio pagó a los mensajeros la información y, como las piernas no lo llevarían a Los Bosques del Este, les ofreció otras tantas monedas si lo transportaban hasta el lugar del prodigio. «¿Truco de bruja experta o portento que anuncia el futuro?», se preguntaba Arquín desde la parihuela en que era trasladado, y, a continuación, con la vista posada en el cielo, se lamentaba así: «Mi cuerpo ya no sirve ni para soportar el peso de mis dudas. Vendrá el futuro y yo estaré muerto. Sí, acaso la muerte me dé cuanto la vida me ha negado, pero ya no podré descubrirlo por mí mismo. Y la búsqueda hace latir el corazón del cerebro, mientras que los conocimientos, una vez obtenidos, enfrían los espíritus».

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La bruja sonrió al verlo. Arquín el sabio abandonó la parihuela y, después de levantar inútilmente los brazos, pues no consiguió asir a la vieja por los pies, en vano trató de hallar explicaciones racionales al misterio que la mantenía suspendida en el aire. «Busca, busca. Cuanto más busques, más acusarás el fracaso de tu ciencia frente a mi magia», se burló de él la bruja con su vocecilla aflautada. «Busco, sí, busco, pero ya es demasiado tarde porque mi cuerpo no obedece a mi voluntad», se lamentó Arquín, y luego, tras caer al suelo derribado por la edad, clamó así: «Si realmente pretendías desafiarme, ¿por qué no levitaste cuando todavía me quedaba tiempo para pensar? Mi derrota será tu triunfo, pero ahora sólo vencerás a un moribundo, Nerea maldita, mientras que antes habrías logrado el respeto de un sabio. En nada creía ya, y ahora debo creer lo que veo. Por ello, mi agonía será más dolorosa, sí, pero breve será el gozo que obtengas con mi dolor: ya huelo tan mal como tú, ya respiro el tufo que despide este cadáver en el que aún vivo». «Recoged los huesos de ese chivo loco y alejadlos de mí», pidió la bruja a los dos hombres que habían transportado a Arquín desde Las Montañas, y luego ascendió un palmo más en el aire.

EL NARRADOR DE HISTORIAS FANTÁSTICAS

—¿Y?

—Ese mismo día falleció Arquín el sabio. Nerea la bruja continuó ascendiendo en el aire hasta que todos la perdieron de vista. Nunca más se supo nada de ella.

FRAGMENTOS (5)

Según mi padre:

Años más tarde, Marino y Antón recordarían la tarde lluviosa en que los muertos del cementerio viejo salieron del osario como para dar la bienvenida a José Lucinio, también conocido como el Meca.

—¿Te acuerdas, Antón?

—Claro que me acuerdo.

Aún no había nacido yo, aunque ya me quedaba menos para nacer a mi aire, sin madrugar.

—¿Que los muertos salieron del osario?

—Pues sí. Se derrumbó el muro de contención del cementerio viejo justo cuando iban a enterrar a José Lucinio y, hala, calaveras por aquí y tibias por allá. Que lo creas o no es asunto tuyo, pero así fue.

Aún faltaban muchos años para que yo naciera sin nocturnidad cuando sucedió lo que Marino y Antón recordarían.

Fue María, la madre de Marino, quien se empeñó en que el hijo hablara con el cura de la parroquia durante aquellos años de la posguerra para ofrecerse como monaguillo.

—¡Que no quiero!

—Tú en este plan y tu padre por los montes. Pero vas a obedecerme, vaya si me obedecerás. Escúchame, tonto: si te portas bien, el cura puede salir por nosotros en caso de apuro. Así todos sabrán que el rojo es el padre y no los hijos. Qué trabajo te cuesta hacerme caso. Hazme caso, Marino, hazme caso y verás… Mañana mismo bajarás hasta la iglesia y…

—¡Que no! El cura me echará de la iglesia, seguro que me echa.

—Allá él con su conciencia si hace eso.

Inseparables ya por entonces, Antón acompañó a Marino y juntos se detuvieron ante la puerta de la casa rectoral tras comprobar que la iglesia estaba cerrada.

—Oye, Antón.

—Qué.

—Preséntate conmigo.

 —Bueno, está bien. Pero lo dejo si no me gusta.

El propio sacerdote, y no el ama, les abrió la puerta. Les preguntó qué deseaban, se quedó pensativo un instante, les pidió que entraran finalmente. El cura, entrecano el pelo, remangadas las mangas de la sotana, estaba comiendo en la sala contigua a la cocina. Les mandó que se sentaran a la mesa y llamó al ama para que trajera el pote con el cocido sobrante y dos platos más.

—Nosotros ya comimos, señor cura —indicó Antón.

—Pues comeréis otra vez. El cuerpo os lo agradecerá, que estáis creciendo. Y vaya si crecéis vosotros dos, ahora que me fijo. Bueno, y a qué se debe vuestra repentina vocación, si puede saberse. Porque vosotros no venís mucho por la iglesia.

—Venimos a misa los domingos y las fiestas de guardar —replicó Antón. Para no mentir, iba a puntualizar: algunos domingos y algunas fiestas, pero calló.

—Sólo faltaría eso.

El ama vació el pote en las escudillas de los invitados.

—Comed —les ordenó el cura—. Después os examinaré aquí mismo, a ver si me convencéis.

Entre regüeldo y regüeldo, el párroco les pidió que recitaran el padrenuestro, el credo, la salve, y Antón, con muchas lagunas en la memoria por falta de práctica, dejó que Marino llevase la voz cantante y en la sabiduría del amigo camufló sus ignorancias lo mejor que pudo.

—Una pena, sí —cabeceó el sacerdote.

Los chicos lo miraron sin comprender.

—Una pena lo de tu hermano y lo de tu padre, Marino, una pena. Lo de tu hermano así lo quiso Dios, pero lo de tu padre…

Marino agachó la vista, susurró:

—Entonces, ¿no me quiere?

—Cómo no voy a quererte, hijo mío, cómo no.

—¿Y a mí? —preguntó Antón.

—Tú, por lo que sé, me acabarás con el vino de consagrar, pero es igual. Vendréis conmigo a la sacristía y allí lo pensaremos mejor.

 

Marino no tendría hijos ni llegaría a viejo, Antón sí tendría hijos —por eso estoy yo entre dos mundos— y a viejo llegaría.

Ambos fueron monaguillos durante un tiempo.

—¿Más de un año?

—Más de un año es lo que llevo yo en WP. Ellos duraron mucho menos en activo. El cura era bueno, imbécil no, o eso me contó mi padre.

En aquel tiempo

FRAGMENTOS (4)

Remedes se citó con la vida un día tormentoso de invierno en una humilde aldea de pescadores lamida por las aguas saladas. Doria, la madre, acomodada en el suelo de su cabaña sobre hojas secas, lo parió ante la expectante mirada de Valior, quien guardaba silencio con el ceño contraído por la ofuscación del padre que no comprende por qué su gozo debe soportar la prueba del sufrimiento de la esposa. Una centella rasgó el cielo oscurecido al salir el hijo de la madre, y un trueno sordo y prolongado se confundió con el llanto de Remedes. Su hermano Filipo, entre los brazos de Valior, comenzó a gritar de pronto, temeroso de la tempestad o acaso al descubrir en él, en las facciones sanguinolentas del recién nacido, los rasgos futuros del ser que lo había de matar. Doria dormía a los retoños con el susurro de su voz melodiosa, les narraba cuentos fantásticos, y luego le ofrecía los pechos desnudos a Valior, que besaba los pezones de la mujer con una mezcla exacta de ternura y ansiedad. Pocos distinguían al joven Filipo del joven Remedes, ambos morenos como el padre, ni altos ni bajos, ambos con los cabellos rizados y la nariz aguileña. Doria, sin embargo, sólo necesitaba mirarlos a los ojos, negros como los suyos, para saber quién era uno u otro: Filipo le sostenía la mirada, le sonreía al mirarla, y en cambio Remedes agachaba la vista ante ella como si ya se sintiera culpable de los desmanes que cometería…

Portada (Edición Casa Eolo)

¿Por qué hay saltos bruscos en el tiempo, me preguntas? ¿Me preguntas por qué no hay puntos y aparte? ¿Por qué me lo preguntas a mí? Pregúntaselo al narrador, así me lo contó él y así te lo cuento yo.

…Filipo contemplaba el horizonte marino, tendidas las redes, y atemperaba la voluntad del hermano cuando Remedes le proponía abandonar la pesca, desplegar las velas y averiguar qué había en la distancia. Filipo poseía en la calma una templanza similar a la que Remedes demostraba en la tormenta, cuando las aguas se enfurecían por el soplar repentino del viento. Remedes sostenía firme el timón en la tempestad, Filipo apenas lo acariciaba en la niebla, y Valior contaba los peces ante Doria y luego dividía casi la totalidad de su propia pesca en dos partes iguales y las añadía al pescado correspondiente a los hijos, quienes deberían formar un hogar cuanto antes para enfrentarse al porvenir con la ayuda de una esposa, el mejor lenitivo para los estragos de humedades y salitres. Filipo descuidó la guardia, no vigiló de reojo al hermano aquella mañana sofocante en el caladero, adormecido por el embrujo de las aguas, encalmadas como las de un lago, y por eso no vio a Remedes con una red en las manos y una mirada fratricida en los ojos. Trató de defenderse del destino que acaso ya conocía desde pequeño, pero sus movimientos lo enredaron aún más en la tela de araña que le lanzó el hermano antes de arrojarlo por la borda y dirigirse hacia la costa ensayando los pormenores de la mentira que transformaría el asesinato en accidente; una mentira que le permitiría ser el único propietario de La dulce Doria, el único dueño de los peces que contase el padre; una mentira de la que se valdría para ocupar el lugar de Filipo en el corazón de Petria, la muchacha de largos cabellos castaños y ojos felinos que olía a mujer cuando el pretendiente le recitaba poemas de amor.

—¿Y?

—Llega a casa, lloran mucho sus padres por el hijo perdido, Petria no olvida a Filipo y lo rechaza a él, él abusa de ella, el padre y los hermanos de Petria lo castran, y él, cuando se recupera, prende fuego a la barca, a La Dulce Doria, se larga de la aldea y pronto, muy pronto, se encuentra con un escorpión.

—¿Con un qué?

—Con un escorpión racional que caza alacranes irracionales.

—Ah.

FRAGMENTOS (3)

Según mi padre:

En aquel tiempo

 

Desde que el aeroplano de reconocimiento disparó varios proyectiles al pasar por Riberes cuando el desenlace de la guerra aún se presentía tan lejano e incierto, desde que una bala rebotada hirió al viejo José Lucinio el Meca en la sien, el anciano comenzó a sufrir tal serie de percances, de mayor o menor gravedad, que muchas convecinas llegaron a pensar que alguien lo había aojado: incluso el gato que tenía, cariñoso y murador, le dejó marcado el rostro con la zarpa —sin razón aparente— una mañana en la que José Lucinio desayunaba, como de costumbre, acompañado por el felino pardo subido en la mesa a la espera de la leche que el amo le dejaba en el fondo del tazón.

El médico encargado de atender a los enfermos de los pueblos de la parroquia vivía en Sotrondio. Subía hasta las aldeas montado en un caballo percherón muy noble. Alto y fornido, de mediana edad, Zahera también era el responsable de la enfermería de Duro Felguera, donde firmaba partes de baja a los mineros a regañadientes, como si fuera el dueño de la empresa y no un simple asalariado.

—¿Será verdad lo que dicen?

—¿Que le pagan por cada alta que da y por cada baja que niega?

—Que cobra, sí.

—Eso mismo o que es un hijo de puta de la cabeza a los pies.

—De buen corazón no es el cazurro, eso está claro.

Por el contrario, Marcelo, el practicante, quizá se apiadaba en exceso de los mineros que acudían a él con heridas no siempre fortuitas.

—Qué te pasó ahora.

—Otra vez la vagoneta, Marcelo.

—A ver esa mano.

—Con cuidado, Marcelo.

—Valor, que no es nada.

—¿Nada? ¿No ves la uña? Peor no puede estar.

—El dedo te curaría antes si te la arranco.

—¿Y los dolores?

—Eso es lo malo.

Jesús María, Focicos, el marido de Bárbola la de Riberes, el padre de Luisín, tuvo la mala suerte de que entrara en el botiquín Zahera cuando el practicante iba a vendarle el pulgar derecho tras habérselo desinfectado. El médico echó un vistazo al accidentado, observó el dedo túmido y luego miró al ayudante.

—Nada de vendas todavía —ordenó.

Focicos le suplicó a Marcelo con la mirada, el practicante le contestó encogiéndose de hombros.

—¿Le duele? —preguntó Zahera a Jesús María cuando éste empezó a quejarse, cuando el médico le arrancaba la uña con las pinzas.

—Mucho, hostia —masculló Focicos.

—Pues a mí no me duele nada, ya ve.

También llovía la tarde en que el practicante abrió la puerta del botiquín y, sin entrar en la enfermería, reclamó la atención de Zahera.

—Cuenta.

—El Meca, el viejo de Riberes, que cayó en casa y está medio desgraciado.

—¿Otra vez?

—Otra.

Apenas dos meses después, buscaron a Lucinio por todo el pueblo, pero el anciano no apareció. Tampoco lo hallaron sentado en medio del riachuelo, temblando de frío e incapaz de levantarse y salir de la corriente, donde había ido a parar en dos ocasiones al perder pie al borde mismo del puente de madera. Fue Gelín Camblor, el hermano de Sara, quien reparó en lo crecido que esta vez bajaba el río después de tantos días diluviando.

—Ya, y qué —se giró hacia él su padre, nuevamente resfriado.

—Que igual lo arrastraron las aguas.

Así había sido: a José Lucinio lo encontraron al fin en la acequia del molino con una peluca de algas en la cabeza.

—A ver, Zahera.

El médico cerró la carpeta, se reclinó en el asiento, alzó la vista: ¿Cuál es la novedad, Marcelo?

—El Meca.

—¡No me jodas!

—Que palmó.

—Ah, bueno.

—Aquí, unos parientes, quieren saber…

—Si está muerto, que lo entierren.

Aún faltaban muchos años para que yo naciera (menos mal).