CANCIÓN DE NAZARENO

EL GRISÚ (GAS METANO GENERADO EN LAS MINAS DE HULLA, EXPLOSIVO AL MEZCLARSE CON EL AIRE, LA MÍNIMA CHISPA O LLAMA DETONANTES SUFICIENTES PARA DESENCADENAR SU VIOLENCIA) REPRESENTABA EN EL PASADO UN PELIGRO INICIAL EN LAS EXPLOTACIONES QUE, TRAS UN PERIODO DE TIEMPO INACTIVAS, ERAN REABIERTAS.

SIN OTROS MEDIOS PARA DETECTAR EL POSIBLE GRISÚ AGAZAPADO EN LA OSCURIDAD, SE NECESITABA UN NAZARENO.

bocamina

CUENTA UNA LEYENDA ASTURIANA…

Tea en mano, brazo en alto, dos sombras pisan, una hacia delante, la otra huyendo, sobre las húmedas traviesas de un carril comido por la herrumbre del abandono. Es un hombre sin edad, demasiado viejo para ser tan joven, quien avanza bajo un cielo teñido de galerna sin conocer el viento.

Ebrio de horas sin futuro, en su piel grabó el océano dentelladas de salitre e inquietud que se confunden con las cicatrices de anzuelos prendidos a la carne y arrancados con el filo de la navaja, las heridas amordazadas con el acero candente. La mar cuando la bonanza, el mar para el resto, le ensanchó la mirada —siempre el mismo horizonte, distinto siempre—, pero hoy mira sin ver.

Se hizo hombre en las aguas de las marejadas, y descubrió lo fácil que era creer en Dios cuando se temía y lo sencillo que resultaba perder la fe cuando eran seres queridos los que no regresaban: el mar, como la tierra, a veces un paraíso y a veces un cementerio.

Pero se había enamorado de su oficio. Después, según decían, vendría la costumbre; más tarde, la queja; y cuando los años se volvían contra uno con todo su peso y varaban al marinero en la costa, entre los aparejos, como atrapada entre las relingas —las redes preparadas para otros, el calafateo finalizado—, aparecía la melancolía, y en ella renacía el amor de juventud.

«La muerte no la mató»

Si le hubieran preguntado al Rufino qué murmuraba aquel hombre de ojos apagados y gran estatura, probablemente habría respondido que eso a él no le importaba; la tos, el hastío al levantarse y la pobreza al ocaso justificaban la actitud del Rufino.

Él, Rufino, conocía la antigua explotación minera mejor que nadie, por eso cobraría unos cuartos o se los darían a su esposa, y en aquellas galerías aún había carbón, sí, pero también había demasiada muerte. Si el gas no acababa con el nazareno, y tal vez con él mismo, tanto peor, porque entonces perecerían otros que sí tuvieran algo que perder: su hijo, su nieto…

El Rufino, mientras seguía al presidiario a una distancia prudencial que no existía en realidad, mientras le indicaba la nueva dirección que debía tomar, esgarraba y tosía de cuando en cuando y trataba de imaginarse cómo serían los océanos, las aguas que no se podían beber.

«No la mató la muerte, no»

A la vieja Encarnación todavía se le adivinaba en el rostro un relámpago de tristeza cuando acudían a su memoria imágenes del nieto, preso en un penal muy lejano de la costa.

Eduardo había sido marcado por la desgracia desde que el padre salió a faenar y el temporal que lo mató sólo devolvió a la playa unas tablas del barco para dejar constancia de su furia. Huérfanos al mismo tiempo, unidos el mismo día por el lazo amargo de las ausencias paternas, Eduardo y Luz Marina crecieron tan juntos, él palmo a palmo, ella mucho menos, que nunca hubo un noviazgo más anunciado en la aldea.

La vieja Encarnación esbozaba una mueca, eterna aprendiz de sonrisa, al recordar la imagen de Eduardo y de Luz Marina, su nieto con la palma de la mano sobre la cabeza de la chiquilla, tal era la diferencia de estatura que el transcurrir de los años acusaba entre ambos, tal era el empeño con que el muchacho cumplía la encomienda de cuidar de Luz Marina.

Más tarde, cuando Eduardo comenzó a faenar, vino la preocupación de Luz Marina por el rolar de los vientos, por el deambular de las nubes. Y vino también don Cipriano, y mostró su inquietud por las continuas carantoñas de la pareja; aunque los mozos tuvieran la intención de convertirse muy pronto en marido y mujer, el demonio permanecía ojo avizor para torcer los destinos.

Pero el diablo urdió un plan mejor que el temido por el cura y esperó a que Eduardo y Luz Marina se casaran para actuar por medio de Colás el tuerto, el hermano de Cosme el alcalde.

Cosme, de pequeño, había vaciado de una pedrada el ojo de Colás. Pero el accidente, lejos de separarlos, estableció un vínculo entre ambos; Cosme, desde entonces, fue el protector incondicional del hermano.

Como Colás cultivó todos los vicios, más de uno y más de una hubieron de transigir con su mal vino y sus peores calenturas en cuanto Cosme se instaló en el ayuntamiento.

Luz Marina, más hermosa que nunca tras el matrimonio, debió de entrarle a Colás por el ojo que le quedaba.

Eduardo, al final de una jornada, halló a su esposa bañada en su propia sangre, desnuda, agonizante en el suelo del dormitorio. Ensangrentada, sin ropas, la halló también su madre después de correr en dirección opuesta a la que siguió el yerno. Luz Marina apenas susurró un nombre a su madre antes de morir, el mismo nombre que pronunciaría cuando su marido tal vez la cobijó en sus brazos durante un instante.

Contaron que la navaja de Eduardo buscó el pecho de Colás. Pero su navaja no se hundió en el corazón del tuerto, sino en la espalda del alcalde: Cosme se interpuso entre el agresor y Colás en el momento preciso y con su vida acabó de pagar la deuda contraída con el hermano.

Así lo contaron cuantos lo vieron. Eduardo nada dijo; a nadie acusó, a nadie explicó su conducta.

Cuantos lo vieron también contaron que Eduardo persiguió a Colás hasta el faro chico del puerto, donde su nieto fue prendido por la justicia.

Suspiraba la vieja Encarnación.

«Que yo sé quiénes fueron»

El director del penal fijó la mirada en uno de los tejadillos del ala oeste. Las manos a la espalda, con la diestra sujetaba la copia donde figuraba rubricado su consentimiento.

Había sido don Salustiano quien le había pedido con urgencia un nazareno, un condenado que se prestara a jugar con la muerte en la mina a cambio de que su pena fuese conmutada, alguien con pocas probabilidades de reincidir en caso de salir con vida de la explotación que intentaban reabrir con la mayor brevedad. Entonces él había pensado inmediatamente en Eduardo González, el penado silencioso y cabizbajo que siempre se situaba, lejos de todos, en el mismo rincón del patio.

«El alcalde ya la pagó,

pero aún la debe el tuerto.

Si salgo de aquí con vida,

para que la muerte me una a ella de nuevo,

acabaré ajusticiado porque cobraré el adeudo»

(NADA MÁS CUENTA LA LEYENDA,

O YO NO QUIERO CONTARLO,

PUEDES HACERLO TÚ)

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61 comentarios sobre “CANCIÓN DE NAZARENO

  1. José, no puedo menos que salir del auto-exilio para comentarte cuanto me ha gustado tu leyenda, es profundamente cautivadora y terrible. Colás me ha recordado a Remedes, quizás no sea más que un descendiente no legitimizado fruto de sus andares en aquella época lejana. La historia se repite. Me llama la atención el atractivo, pese a su dureza o tragedias encerradas en ellas, que ejercen las historias o relatos que transcurren en ese entorno subterráneo. Supongo que hay algo atávico que nos ata a la tierra, a las profundidades, a “la madre” que decían los muy antiguos, o al barro del que nos hicieron como relatan otros más modernos…Desde los cazadores de osos cavernarios a los buscadores de oro del Klondike, a los mineros asturianos, etc., las entrañas de la tierra han servido de refugio acogedor y deseado, tanto como de tumba violenta e imprevisible. Recientemente, mi hija, acabando ya la formación universitaria tuvo que presentar un trabajo relacionado con la explotación del trabajo infantil. Le recomendé la lectura de “La compuerta número 12” de Baldomero Lillo, un relato estremecedor sobre ese mundo, estremecedor por cuanto no siempre es ficción, a veces es un fiel retrato de una realidad oscura.
    Saludos.

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      1. No te tires piedras, lo que escribes no tiene desperdicio y además, míralo por el lado bueno, contribuyes a la disminución de la precariedad laboral del país manteniendo a toda la caterva de secretario, secretarias y becario.

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  2. Fantástica leyenda, José Ángel. Recuerdo haber leído de muy joven un libro en el que se describía la vida en la mina. Se titulaba “Sexta galería”, aún recuerdo lo mucho que me impactaron las descripciones que allí se hacían del ambiente que se vive bajo tierra.

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    1. Algo más contaré sobre la mina de mis antepasados todos, pero ahora, como le acabo de contestar a Henar, no sé si en su blog o en el mío, poco importa eso entre convecinos, vosotras a lo vuestro, a pensar en la gala de los 20B (vestidos, discursos, tráfico de influencias…). Olvidaos ahora de que en las minas nunca amanece, tiempo habrá para recordarlo.

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      1. 😀 😀 Yo es que soy muy básica y ya lo tengo todo hecho 🙂
        Estaré esperando tu próxima entrada. Mi suegro, gallego él, fue durante su juventud minero en Asturias,luego aterrizó en Barcelona y acabó de chef en un hotel de lujo en una época en la que los chefs eran solo ‘jefes de cocina’ 🙂

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  3. “Eduardo había sido marcado por la desgracia desde que el padre salió a faenar y el temporal que lo mató sólo devolvió a la playa unas tablas del barco para dejar constancia de su furia”. La tierra tiene marejadas cada tanto. alli abajo, donde el carbón no brota sino se muestra astuto. Eduardo escucho esa queja y la comparó con la media verdad que le entregó el mar y dijo en voz baja:
    Resina y miedo, sal y negro mineral, a todos les empuja la muerte. Y se marcho hasta el bar. Una botella de Sansón fue cara ante tanta rabia.
    Saludos estimat j. a. Ordiz de j re

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    1. Muy bien, Juan, otra muestra de tu arte que enriquece este blog. Por mi parte, y a falta de otros licores, ¡viva el Sansón!
      Saludos, ho (nun falten lletres, nun les busques, ye una respuesta al estimat tuyu, ya verás la torre de Babel que facemos otra vez de aquí a poco como nun nos salve la Santísima Trinidad en pleno, y como en casa dios nunca hay naide, al menos que se sepa a ciencia cierta…).

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    1. Es una leyenda, Antonio, lo demás… Si sé que existió la figura del llamado “nazareno”, pero ignoro cuánto hay de verdad en lo narrado. Sí sé, también, agradecer tus muchas atenciones prestadas con este “gracias, Antonio”, tiempo habrá para más gracias de las nuestras, que a mí tanto me divierten.

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      1. Teo el estudiante le birlaba antes botellas enteras. Pero ahora, como está advertida la ucraniana de lo bien que se le da al estudiante sustraer y beber, las esconde que no veas (que no las vemos, vaya, y ya nos empieza a escasear el Sansón, hay que ver para lo poco que da un litro aunque a puro jarabe sepa). Ya te avisaré si pillamos alcohol en condiciones. Donde bebemos tres, cuatro pueden beber, tú tranquilo, no te dejaremos sediento.

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      1. Ah, ya. Debemos leer mejor y después preguntar , a qué si? La próxima vez lo leo despacito y asi me entero bien de las cosas. Anoche no te vi por fb. 🙂

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      2. Si que es un poco bastante complicado leer tus escritos, a veces no se sabe donde empieza si por la cabeza o por los pies, pero después de leer barias veces se da con la clava , eres un escritor muy, no sé qué. jajajajajajaj

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      3. Buena observación. En mis novelas, como hay que leerlas dos o tres veces, dos o tres novelas tienen los lectores por el precio de una, ya ves qué generoso soy. Además, como te ríes, yo encantado con tu risa, me gusta que la gente se ría.

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      4. Todos mis antepasados fueron mineros. No, no es raro, lo menos que puedo hacer es rendirles homenajes y, si puedo, escribir a oscuras, como si en la mina estuviese yo también. Además, si estudié químicas, fue porque ya desde los catorce meses quedó claro que nunca podría ser lo que era mi padre. ¿Qué me pasó a los catorce meses? Nada del otro mundo, no seas tan curiosa. Nos quedaremos con lo positivo, con lo que ganó mi alumnado con tan extraordinario profesor como tuvieron: ¡Al suelo, chicos, que confundí el ácido con el hidróxido y esto va a explotar!

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      1. Demasiado tarde, canelita, Rogelio no despierta hasta mañana. Fue el primero en agarrar la botella y, nada, no la soltó ni por las buenas ni por las malas. En fin, gracias a eso está estudiando Teo (tiene examen mañana) y yo estoy más sobrio que un merluzo del norte.

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      2. No soy curiosa , pero me gustaría saber lo que te pasó a los catorce meses, no será que te exploto algo , si confundiste algo. Muy bueno el profesor que tuvieron tus alumnado confundiendo el ácido con no sé que cosa. Me voyyyy de aquí por si explota algo. 🙂

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      3. Lo de las explosiones vino después. En aquel tiempo fue un virus poliédrico que estaba de moda, que aún lo está para los niños que no son vacunados porque son pobres y ni comida hay para ellos. Pero bueno, salí del paso como pude y aquí me tienes.
        —¡Calla y estudia, Teo! Dije vino, sí, pero vino de venir, no de beber.

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      4. Bueno si Rogelio está estudiando eso está bien . Oye, quien es Teo ? Jajaja te ha gustado eso de merluzo .
        A ver si me haces una visita, que por allí se te extraña . 🙂 🙂

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      5. Ah, ya entendí. Lo importante es que estás aquí y lo puedes contar. Bueno, si minero no , pero estudiaste y eres escritor que es mucho mejor que trabajar en la mina, no crees ?
        Un abrazo y buenas noches , yo me voy a la cama que las sábanas me llaman . 🙂

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