EL NOMBRE

stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus. (de la prístina rosa, sólo nos queda el nombre.)

El nombre de la rosa, Umberto Eco, 1980

 

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Medio mundo y parte del otro en espera de encarnizarse con la primera novela de Eco el crítico, de Eco el ensayista, el teórico, el sibarita de las palabras, tan cruel con obras ajenas mediocres, y con las ganas se quedaron esas multitudinarias fracciones literarias.

Porque en su rosa no falta nada: documentación histórica, técnica narrativa, diálogos brillantes, reflexiones, misterios, sentimientos, un adelantado Sherlock Holmes, un clásico narrador que recuerda y da fe…

De nuevo, ay, lo religioso y el amor enfrentados.

Esos monjes (tan hambrientos de conocimientos pretéritos como ajenos a su época viva y no menos famélica de pan, tan curiosos como cretinos) y ese amor eterno de una sola noche (sin nombre, la rosa sin espinas en el tallo, la rosa desnuda, la rosa de las fragancias; la otra, la ilustrada, la del fanatismo uniformado, sí tiene espinas, y huele mal, como el razonamiento que pretende justificar los asesinatos en la abadía: la risa no es buena para el hombre, puede incitar a perder el miedo al infierno y, sin ese temor, a no necesitar a Dios).

«Le sobran disquisiciones», opinan quienes tal vez suelen leer mientras ven la televisión o se asolean en la playa. Puede ser. «Le sobran latines». Puede ser. «Le sobran…». Que sí, que sí, puede ser, pero ¿le falta algo?

Nada falta tampoco en la versión cinematográfica del relato.

Infrecuentes, casi asombrosos, semejantes maridajes.

A encarnizarme con la película fui yo y con las ganas me quedé, Jean-Jacques Annaud: un final distinto el tuyo (más fílmico, sí), pero igualmente eficaz.

Mi aplauso de entonces (el del cine entero) y de hoy a tu labor, a la de tu equipo, a la de tus intérpretes.

Ignoro, o no recuerdo (que es lo mismo), si el exigente Umberto Eco también aplaudió vuestras espléndidas labores, lo cual me importa un bledo, la verdad: tengo su joya y tu tesoro, conmovedor el Ya busco, ya busco, pero no encuentro del pobre desgraciado que, luego, mientras lo chamuscan, pretende alejar las llamas de su cuerpo con unos cuantos soplidos…

 

El nombre de la rosa, 1986

 

—¿Acabaste, amo?

—Puede valer, sí.

—Tenemos un problema.

—Un problema lo tendrás tú, yo tengo muchos, secretario mío.

—Me refiero a la categoría donde reposará esta entrada.

—Habla en cristiano, Rogelio.

—¿Literatura o Cine?

—Ah, eso. Cine, y ya está, poco fiables los nombres de las categorías de este blog.

—Verdaderamente…

(Para Mélani, a quien tanto le importan los nombres; rosa sería la rosa aunque por nombre distinto fuese conocida, estimo yo, pero esa es otra historia que no viene a cuento, y menos en una dedicatoria)

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29 comentarios sobre “EL NOMBRE

  1. ¡Oh, fantástico libro y fantástica película! Yo primero vi la obra de Annaud y me encantó. Años después leí el libro y me gustaron hasta sus latines…, desde entonces a Eco en un pedestal.
    ¡Penitenciagite! a los que no les guste 😀

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    1. Vende mucho más un final feliz, claro (además, fíjate lo que destacan en el tráiler oficial, lo del sexo y un contra natura equívoco). Pero bueno, como yo esperaba poco del film (una masacre de la novela entera), hallé en él mucho más de lo previsto y por eso aplaudí y aplaudo, sobre todo al recordar cómo han sido destrozadas otras novelas fabulosas al ser adaptadas al cine. Seguro que Annaud no habría cambiado el final si el dinero no gobernara el mundo. Muchas gracias por enriquecer la entrada con tu atinado comentario.

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      1. 🙂 Tienes toda la razón, porque con esta adaptación a mí me pasó lo mismo: por lo terrible que podía haber sido, solo me decepcionó el final.
        Sospecho que somos de la misma raza cansina que dice (o piensa) lo de “es mejor el libro”, jajajjajaja pero… ¡¡es verdad!! Engendros como, por ejemplo, la Historia interminable llevada a la pantalla, deberían estar prohibidos 😉

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  2. Fantástico libro, un clásico: el amor, la crueldad, el miedo, el control a través de la fe, el conocimiento reservado a unos pocos… La película también me gustó mucho, una de esas excepciones en las que el cine hace honor a la literatura.

    Un saludo cariñoso desde Argentina.

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  3. No puedo opinar más que de la versión cinematográfica, de la que, impío, siempre me encantó la salvaje escena de sexo. Soberbio en su papel Sean Connery, pero también los secundarios. Quizá la novela me apetezca más con los años, que me han hecho un poco menos visceral. Pero solo un poco.

    Un abrazo.

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  4. Leí el libro primero y luego vi la película. Tengo que decirte que intento no ver ninguna película cuyo libro haya leído antes. Siempre me decepciona. Con esta me atreví y no me defraudó.

    “Alguien dijo de mí, rosa perdida:
    Ayer naciste y morirás mañana.
    Para tan breve ser ¿quién te dio vida?” Un regalo de Alberti y mio, ¡por supuesto!
    Besetes, José Angel.

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    1. Sí, te entiendo perfectamente. A mí también me sucede lo mismo, y lo contrario, con Doctor Zhivago, sin ir más lejos: me gusta tanto la película que no quiero leer el libro.
      Ah, el Alberti, uno de los responsables de que yo dejara la poesía (es el peligro de leer a los tan grandes, como algún día escribiré en mera prosa). Regalos y besetes bien recibidos, por supuesto. Otros besetes para ti.

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