LAS LUCES DEL PUERTO

Viví en Gijón varios años. Desde el piso miraba por la ventana del salón algunas noches y veía las luces del puerto, que algo me contaban pero que yo no acababa de escuchar. Fue en el propio puerto, de día, únicamente encendida la luz solar, cuando empecé a oír el relato que después escribí.

Contemplaba yo el pantalán donde vaciaban las entrañas de un petrolero cuando un hombre, cerca de mí, con una niña en brazos, le pidió a otro: «Vamos, que ya refresca».

Oliver Hardy le contestó al Stan Laurel abrazado a la niña mofletuda de muy corta edad: «Qué va a refrescar, Ciro, no me jodas».

«Que sí, Tobesco, que sí, que ya lo noto en los bronquios, y la nena…».

«Bueno, pues vamos, a mí me da lo mismo estar aquí que en otra parte».

No podían ser el Gordo y el Flaco, pero el flaco Ciro y el gordo Tobesco se parecían mucho a los componentes del famoso dúo cómico grabado en la parte dulce de mi memoria.

Por esas fechas, se había cometido un crimen en el barrio gijonés de La Calzada, un crimen que fue el origen de otro, este último perpetrado al amparo de las sombras que las luces del puerto no podían espantar.

Escenarios, personajes principales de carne y hueso, el hilo conductor de una amistad imperecedera entre dos probables pescadores arruinados por la edad y las marejadas y el salitre, una niña, recientes crímenes sin resolver… Más que suficiente para embarcarme en otra novela, para navegar en el barco de las fantasías reales que por entonces pretendía.

«Fácil, coser y cantar».

«¿Fácil? Que no, profe, que este examen no lo aprueba nadie, ya lo verá».

Cojones, si estoy en clase.

«Ánimo, delegada. Qué examen mío no aprobó nadie, a ver».

«Este, ya lo verá».

«Siempre te quejas y después, como mínimo, un notable».

«Tiene razón, Bea».

«No hablo contigo, listillo».

«Venga, los dos callados y a pensar un poco, que es muy sano y estáis distrayendo a los demás».

Coser y cantar pero nada, la historia no carburaba, naufragaba al cabo de unas pocas páginas de singladuras tempestuosas.

Asomado a la ventana del salón, tuvieron que gritarme las luces del puerto: ¡Te empeñas en seguir un orden cronológico; comienza por el final, tarugo!

Eso hice.

Y carburó el relato coral.

zPortada (Las luces del puerto)

Hera Ediciones, Salamanca, 2010, XII Premio de la Crítica de Asturias

Fragmento de la novela (los tiempos están perfectamente desordenados en la historia, como las entradas en este blog o laberinto de pasiones):

         Las luces del puerto aún no se han apagado —se despereza otra jornada nublada pero cálida— y ya se baja Amalio Pendás del motocarro después de estacionarlo en los aparcamientos de la lonja. Se fija en el pesquero que acaba de hacer hielo y en otro, no muy distante del anterior, que reposta combustible. En la vagarosa observación de los alrededores —es pronto todavía para cumplir la encomienda de conseguir a buen precio dos cajas de merluzas del pincho para el Savannah, donde come habitualmente desde que discutió con el regente de La Casa del Mar— descubre la figura de un hombre sentado en el suelo con las piernas flexionadas y la espalda y la cabeza reclinadas en una montonera de redes inservibles: el joven contempla el amanecer perezoso que con soñolienta lentitud —lastrado por las nubes en realidad— va desprendiéndose de las tinieblas. Se acerca a él, lo reconoce.

         —Que sean buenos días —se presenta—. Me parece que tú no pasaste la noche en casa.

         El muchacho no le responde ni se gira, como hipnotizado por los destellos que emite la baliza de señalización más próxima al lugar donde ellos se encuentran, ráfagas de luz aparentemente insignificantes pero de un alcance superior a la milla en las peores condiciones climatológicas, cuando la niebla borra del mundo el puerto y suenan más que nunca las sirenas de los barcos, transformados en lémures de madera y metal.

         —Pero haces bien. Sólo se es joven una vez y el tiempo vuela. ¿A qué hora nos enrolamos?

         Sin entender qué llama la atención del pescador, Amalio le toca el hombro con la contera del cayado.

         —¿No me escuchas?

         No, el marinero no puede oír las palabras de Amalio Pendás: ha muerto hace horas, de nada le ha servido taponar las dos heridas en el pecho con las manos.

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19 comentarios sobre “LAS LUCES DEL PUERTO

    1. De eso se trata, de aprender hasta saber tanto como Sócrates (para mí tengo que ya sé casi tanto como él). En fin, hoy me ha dado por ir de socrático, con lo cual no finjo porque ya no entiendo casi nada, ni a mis jóvenes y queridos sobrinos entiendo bien. A ellos y a ti os deseo lo mejor.

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    1. Y en este blog está tu magnífica reseña, a la que se accede a través del título de la novela en la barra lateral.
      Cuento entresijos por si de algo le sirven a alguien que quiera seguir nuestro camino: alegrías, decepciones, procuro no faltar a la verdad cuando algo así cuento.
      Y sí, tal vez hubiera sido mejor profesor de no habitar por entonces, como ahora, entre dos mundos: poco aprieta quien mucho abarca, pero mi bipolaridad ya se manifestaba, según mi madre, antes de que un cura me diese la hostia de la primera comunión.
      Un placer recibir tu comentario, José Antonio: es como si ahora mismo te tuviera físicamente aquí, conmigo. Amén.

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