ARTE Y ENSAYO

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Tras serios problemas técnicos, resueltos con la ayuda de voluntarios de WordPress (Luis Rull y el Foro de Apoyo en España, WordPress.com en USA y la aplicación gratuita de WP en el teléfono móvil para estos periódicos desastres míos), Rogelio y yo retomamos la actividad con la quincuagésima primera entrada.

Con ella os dejamos (de momento, o eso esperamos y deseamos).

 

Vaya por delante que yo no soy experto en nada. He cumplido años no sé para qué. O quizá sí lo sé y, simplemente, no quiero acordarme.

Hace muchos, muchos años, cuarenta o así, había en Oviedo, en el barrio de Pumarín (vivo ahora muy cerca de ese barrio; antes, de joven, me pillaba un poco más lejos, no mucho, tanto caminar y mira tú, ni un kilómetro de distancia entre mi ayer y mi hoy), había en ese barrio, escribía, una princesa…

—¿Una princesa? Cómo que una princesa si…

—Un lapsus, ciego, fue un lapsus. Estaba pensando en La princesa Prometida.

—Esa película sí me gusta. Pon un tráiler de ella.

—No, hoy escribo sobre otra época.

En ese barrio había un cine, el Palladium, donde se proyectaban filmes experimentales, también llamados de arte y ensayo (desconozco o no recuerdo por qué se llamaban de ese modo, si alguien desea saberlo que le pregunte a Francisco Javier Tostado, que de tanto y tan bien nos informa en su blog, de dónde sacará el tiempo, como Chus y su ubicuo ojo amable o, entre otros y otras, Marcial Candioti y sus mensajes para reflexionar, qué labores a destajo).

Por supuesto que la memoria es una embustera fabulosa, a veces para bien y a veces para mal, pero en este caso barbas deben callar pues letras hablan si me refiero, por ejemplo, a las historias de Amarcord o de La naranja mecánica que en el Palladium se estrenaron, acomodado yo en una butaca de la sala que tantos universitarios frecuentábamos: debe callar el recuerdo porque aún está aquí el presente de entonces, almacenado en cedés y vídeos modernos, incluso el Morbo de Gonzalo Suárez y de Víctor Manuel y de la apetitosa Ana Belén, su biquini toda una inspiración y una promesa para los onanistas de aquella época que anunciaba desnudeces futuras si el mañana no se torcía y el color de la democracia se imponía definitivamente a las sombras dictatoriales.

Aquí os pillé, barbas, con estas letras de dimensiones irónicas y caricaturescas y esperpénticas y deliciosas en las que, por ejemplo, un loco (qué persuasivas las hormonas) pide desde las alturas de las ramas de un árbol ¡Quiero una mujer! mientras arroja piedras a los parientes, y con estas otras, mucho más violentas, mucho más inquietantes, de unos jóvenes que golpean y fuerzan al ritmo del acompañamiento musical Cantando bajo la lluvia aunque el protagonista, Vuestro humilde narrador, prefiera a Ludwig Van; después de intervenir los científicos vendrán los eternos intereses particulares y la venganza y la hipocresía, tan implacables como las hormonas.

Ficciones, de acuerdo. Pero a la esposa de Burgess (inventor de lenguajes, alentado por Joyce), el autor de la novela homónima en que se basó el filme de Kubrick, la golpearon y violaron cuatro soldados y perdió la criatura que esperaba (ignoro si alguien cantaba bajo la lluvia londinense durante esa barbarie homínida). Sabido es (y ya está escrito en algún de la Mancha, digo en este blog asturiano) que los escritores y los escribidores solemos mentir con la misma soltura y aplomo con que suelen mentir los políticos, nosotros para entretener por lo común, generalmente para medrar nuestros gobernantes, pero ¿miente también la Historia? ¿Es una ficción lo de la esposa de Burgess? Quizá lo sepa algún experto. Desde luego, es incierto que el escritor no esté presente en las páginas de sus libros; a mí, a pesar de no ser experto en nada, no me engañan ya con ese hueso: de algo propio, real, surge lo ficticio, aun cuando se haya soñado o sencillamente se desee o se aborrezca esa propiedad.

—Me gusta la musiquilla del Nino Rota en los recuerdos del Fellini, ponla.

—En eso sí puedo complacerte, Rogelio.

—Gracias.

—De nada, hombre; un sencillo, hasta para mí, buscar, copiar y pegar.

—Cómo avanza la ciencia.

—Una barbaridad. Pero ya sabes lo que suele venir después.

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13 comentarios sobre “ARTE Y ENSAYO

  1. Creo que han ido desapareciendo de toda la geografía. Sí, hace muchos años, yo también frecuentaba esas salas de Arte y Ensayo. En Barcelona ahora mismo, para ver ese tipo de películas, quedan pocos sitios. La filmoteca, El Meliers, en el CCCB a veces.Los Renoir… y no sé si alguna más. Hace ya siete años que marché de Barcelona y estoy bastante fuera de juego…

    Abrazo

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  2. ¡Que viaje tan encantado! … y la última melodía. De muy joven asistía a un cine similar ¡Estaba ubicado simplemente, afuera! Con la puerta y la vendedora de tickes bajo el techo y luego directamente, la calle, nada de estacionamientos ni centros comerciales. Nos íbamos caminando, riendo emocionados, soñando con la inmensa pantalla. Saludos, Scarlet

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      1. No digas eso de torpezas porque tienes un excelente blog y si es necesario pedir asistencia en cualquier asunto pues a… ¡Solicitarla! siempre habrá alguien.
        Gracias por llevarme a esos, mis recuerdos tan gratos. Saludos, Scarlet

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  3. ¡El Palladium! Después de echar el cierre (de tantos como había parece mentira que solo queden los cines de un centro comercial) acabó convertido en gimnasio como bien sabrás, Y da la casualidad de que por esa calle, pasaba a menudo una señora, la pubrina mia creo que estaba mal de la cabeza, a la que llamaban la Princesita.

    Saludos, José Ángel.

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    1. Pues sí, Chus, así es.
      Te contesto ahora, aunque ya es muy tarde, porque mañana no sé si sabré acceder a mi blog y quizá tenga que desplazarme a USA de nuevo, otros diez días de viaje de aquí para allá y de allá para aquí pues algo no funciona en ese sistema de autentificación en dos pasos (bien la configuración, el móvil, pero nada, chico, no me llega el puñetero SMS de turno, misterios electrónicos o qué sé yo si no sé nada).
      En fin, gracias por compartir recuerdos y un abrazo para ti y para tu ojo.

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