EL LIBRO DE LAS IMPIEDADES REUNIDAS (2)

Cuenta en su blog una lectora tan avezada como infatigable, Carmen Forján, que se fijó en este libro por el calificativo del título. Se preguntó: ¿Cómo puede ser un relato “impío”? ¿Con qué o quién no tienen piedad? Tras leerlo, concluyó: No tienen piedad en absoluto al poner al descubierto el lado más oscuro del ser humano: el rencor, el miedo, el odio, la locura…

No negaré la evidencia.

Aunque para impía la pregunta que alguien me hizo en uno de los clubes de lectura a los que me refería en la entrada anterior, mucho más interesantes para mí que las presentaciones, generalmente tediosas porque hablan dos o tres y callan los demás (¿cómo no van a callar si desconocen de qué se está hablando?). Me preguntó: ¿Por qué escribes, no te parece que hay ya bastantes libros en el mercado?

Cierto, carajo, cierto (menos mal que, pío él, no añadió un mejores que el tuyo). Salí del paso como pude, con eso de la maldición del supuesto don y de la enfermedad de la presunta pasión.

No negaré la evidencia de esos rencores, miedos, odios y locuras pese a que en el más largo de los relatos (o novela corta) advierto, tras releerlo, que también hay cierta piedad: conocí a su protagonista principal, fui su amigo porque él era amigo de todos y daba de comer a las palomas que otros espantaban. Según él, no había podido ser sacerdote debido a su baja estatura, algo que siempre lamentó. «Soy un hombre pequeño, no se me vería en el altar». «Coño, Sindo, mejor», le tomaba el pelo el Moro Manuel, añadía: «La gente pensaría que les hablaba el mismísimo Dios». Así eran mis vecinos de entonces, y así traté de que fueran esas personas convertidas en personajes.

RELATOS IMPÍOS

BREVE HISTORIA DE UN HOMBRE PEQUEÑO (fragmento):

A Mario lo encontraron unos niños en la tejera, bebiendo agua como un perro en una de las charcas del terreno arcilloso. Unos dijeron que habían visto al diablo, y otros que se habían dado de bruces con el mismo Jesucristo, tales eran sus barbas y sus ropas y su delgadez y estatura. Se instaló, en pleno invierno, en la caseta del transformador. Poco tardó en ir haciendo amistades por el barrio. A diferencia de los gitanos que lo precedieron, nada pedía y saludaba a todo el que se cruzaba con él y sonreía continuamente como si fuera el hombre más feliz de la tierra. El caso fue que consiguió de la gente, sin pedir, mucho más que los gitanos, ávidos de limosnas. Engordó algo y acaso pensó que aquel era un buen lugar para quedarse lo que su destino le permitiera.

Sindo ya había hablado varias veces con Mario cuando un chiquillo llamó a su puerta para decirle que el vagabundo se encontraba muy mal, tumbado en el barro y con la barriga hinchada. El presidente pensó en Carmencita, la hija de Sofi, que por entonces empezaba a estudiar enfermería. El Moro Manuel, Juanjo el opositor y Jacobín subieron a Mario hasta su casa, y Carmencita se comportó como una auténtica profesional y enseguida dictaminó que el vagabundo padecía una simple congestión. Teresa, la madre de Sindo, medio encarcelada en el piso del hijo desde que no pudo valerse por sí misma en Las Cruces, no apartó el pañuelo perfumado de la nariz mientras el vagabundo permaneció tendido en el sofá de la sala.

El presidente del portal número uno lamentó mucho la desaparición de Mario: el vagabundo volvió a subir al sexto en mejores circunstancias que aquella primera vez y le fue contando su historia.

Gumersindo pide lo justo de la gente según la posición que ocupan las personas en la sociedad. Como se muestra comprensivo y caritativo con los más humildes y menesterosos, Mario no necesitó esforzarse mucho para conseguir su amistad. En el vagabundo encontró Sindo la parte de vida que a él le faltaba, cada uno de ellos en posesión de lo que el otro carecía. Se asombraba al oír hablar al vagabundo de fielatos y de huidos de posguerra. Mario no había tenido un hogar propio en toda su vida, pero se había casado con cuatro mujeres y era padre, al menos que él supiera, de otros tantos hijos, a los que no conocía. «Debes confesarte, hijo mío, y cuanto antes». «¿Decirle a la Guardia Civil que he vivido de las mujeres?». «Ante un cura, hijo mío… ¿No sabes ninguno de tus apellidos?». «No, no me acuerdo». «Pero ¿cómo te casabas entonces?». «Por lo católico sólo me casé dos veces». «Ah, bueno». «Las otras dos fueron por el rito gitano. Y cuando necesité papeles, que yo no sé leer ni escribir, me los dio la Guardia Civil después de pasar por prisión. Pero los fui perdiendo todos». «Y ¿cómo te las arreglabas sin apellidos?». «Bah, no se preocupe, hay muchos para coger». «¿Estás seguro de que te llamas Mario?». «Seguro, seguro, no. Pero todos me llaman así». «¿No recuerdas nada de tu familia?». «No, señor Gumersindo, nada de nada».

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