CAÍN

Introito: las mayúsculas que faltarán a continuación pretenden celebrar una de las singularidades de josé saramago, su caín la obra concreta que motiva este artículo.

CAÍN

En ciertos sanatorios parecen pretender que, tras ser reparado por sus médicos, no salgas de ellos con vida o, cuando menos, que necesites nuevas reparaciones de inmediato. Casi nadie me conoce, cuento con la ventaja de ser un escritor prácticamente invisible, y por eso debo indicarle al posible lector, para su mejor gobierno, que hablo desde mi cojera, agravada con la edad, y desde mis bastones, que me ayudan y me traicionan casi por igual. Pues bien, intentaba abandonar yo la ovetense clínica asturias (que cada palo aguante su vela) cuando no hallé el modo de salir con ciertas garantías de no tener que ingresar de nuevo: llovía, y la ridícula rampa húmeda, deslizante, empinada, sin pasamanos, no me ofrecía más seguridad que los dos escalones encharcados por este llorar cantábrico tan experto en mojar. Una enfermera acudió en mi ayuda y se prestó a socorrerme. La miré, exclamé: «¡Me cago en el premio nobel!». Pobre enfermera. Pensaría: Pobre hombre; cojo severo, cegato, ido…

Ya lo escribió federico garcía lorca y ya reproduje yo aquí, a saber dónde está la entrada, este verso: la noche es interminable cuando se apoya en los enfermos. Añado yo en este caso: en los enfermos sin sueño ni radio ni televisor que no leen por no tener un libro a mano o por los dolores o molestias o simplemente porque no les atrae leer (un desinterés tan legítimo como otro cualquiera, no añadamos falsos pecados a los pecados falsos). Yo sí había mitigado esa oscuridad detenida con la lectura del caín de saramago.

Tras unos inicios espléndidos, jocosos, irónicos (saramago en estado puro, escribiría un crítico cualificado y honrado, alguno sí habrá, no conviene ahora generalizar con eso de que todos trabajan para grandes empresas de comunicación y, lógicamente, barren para casa, para quienes les proporcionan alimento y cobijo; alimento y cobijo y amigos necesitamos todos), esa novela corta, disfrazada en la maquetación de novela más extensa, va poco a poco naufragando en un diluvio de esos que solo benefician a los peces, al parecer no criaturas del señor, pues nunca se los tiene en cuenta cuando hablamos de diluvios universales, de extinciones totales por excesos acuáticos. Y ese naufragio progresivo de la última novela de saramago (con lógicos coletazos de calidad, por supuesto, y con unos diálogos chispeantes, coruscantes, sí) le hace a uno (o sea, a mí) agradecer que el relato sea corto.

Me cagué en el premio nobel (de literatura) porque, además de haber acabado con la carrera literaria de mi primer maestro, camilo josé cela (nada realmente valioso aportó tras recibir el galardón sueco, ya no me enseñó nada más), también había acabado con uno de los últimos, con josé saramago. ¿O quizá debería haberme cagado en la edad? ¡Ay si mi saramago hubiera escrito caín diez o veinte años antes, antes del nobel!. Diez, veinte años antes, saramago no hubiera escrito caín como con prisa, con ganas evidentes de llegar al final, de quitarse el relato de encima. Pero por entonces, claro, tendría entre manos el evangelio según jesucristo o, mejor aún, ensayo sobre la ceguera, y el maestro saramago, por muy innovador y moderno que fuese, no era uno y trino a la vez.

A propósito de caín, también es bueno el inicio de balada de caín, otra novela corta con la que manuel vicent obtuvo el premio nadal hace años, obra que también va naufragando, aunque menos, según pasan las hojas, como si el propio caín, o la maldición del señor, impidiesen escribir algo magistral, de principio a fin, sobre la vida errante del fratricida.

Epílogo: los deístas (Qué coño es ser eso, deísta, me preguntó una vez uno de mis personajes, o tal vez fue Rogelio el ciego, no me acuerdo ahora) tendríamos cierta vía de escape si alguien nos acusara de tratar mal al señor, pero tú, maestro, ateo confeso, de palabra y por escrito, ¿qué excusa tenías tú para cargar contra dios, hasta la fatiga del lector, hasta la redundancia, para cargar contra algo que para ti no existía?

Noto que desde tu nada (aquí ni dios avisa si de verdad es nada o es algo, ni mi padre muerto siquiera, y mira que se lo pedí por favor, Avísame, pepe, no me jodas tú también, y mira que él me aseguró, Te avisaré, chaval, si voy para allá antes que tú, que eso está por ver), siento, maestro, que desde lo que realmente sea te ríes de mí, que piensas, Ya picó otro, como hizo esa iglesia que tanto me ayudó a vender libros, otro que no sabe distinguir lo más o menos real de lo más o menos ficticio.

Pero yo también me río ahora desde este casi todo mío. ¿Sabes tú por qué?

—¿Cómo dices?

—¡Demonios, Rogelio, qué susto!

—¿Te asusté?

—¡Quítate para allá, fantasma!

(Para Javier y para Juanjo, cómplices míos en las ciencias químicas y en lo de ser cojones desde niños y en lo de caer bien, sin desperfectos graves, donde sea y a las primeras de cambio, siempre sin avisar porque el tropiezo o el resbalón no nos avisa a nosotros)

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