LA FUGA

Algo escribí no hace mucho sobre un niño sudamericano con tristeza en la mirada, tan sinceros e insobornables los ojos como el transcurso del tiempo en los relojes puntuales. Sí, me mira con tristeza en la primera fotografía que tengo de él. Para engañarme, para aliviar mi propia aflicción, algún fotógrafo le compró una sonrisa —los labios, a diferencia de los ojos, sí saben mentir, corruptas las bocas por tantas palabras embusteras como circulan por la vía principal de comunicación entre nosotros— antes de sacarle la nueva instantánea que ya obra en mi poder, pero incluso es leve esa sonrisa, pequeño el embuste. También contaba yo que en la mirada de ese niño con nombre pero aquí sin nombre (al ser anónimo representa mejor, en mi opinión, a los millones de infantes desamparados que nos acusan no con la boca, sino con los ojos) advertía igualmente temor, un miedo que las dinamitas volantes de nuestras fiestas asturianas podían alimentar, debido a lo cual solo le hablaría de la música de las orquestas, de los caballitos…

El niño sin nombre, tan repetido y repartido por el planeta, no podía dar ni un paso, afectado por una enfermedad neurológica. Con la ayuda de un samaritano español y con el dinero que al crío le mandamos entre unos cuantos para que lo atendiera un cirujano, echó a andar. Y corrió: tras la afortunada intervención del médico, de regreso a su aldea en la selva, tal vez quiso saber qué había más allá de algún horizonte y ni el samaritano pudo alcanzarlo y solo volvió al hogar cuando el hambre seguramente le recordó: «Qué hambre tengo».

El samaritano me anunció hace poco: «Para ahí voy con él de visita en cuanto solucione unos asuntos».

El problema serán los voladores y el estruendo de los fuegos artificiales, esos bombardeos inversos, festivos, que tanto se parecen a los bélicos cuando nos ensordece la pólvora bien alimentada. Aunque, cuando me conozca el crío y vea que ese señor del teléfono que le cuenta cosas rarísimas de su tierra es una persona más o menos normal (descolorida por el clima, eso sí), le hablaré —le hablaremos— de que hay ruidos de muerte y ruidos de vida.

(Pirotecnia)

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4 comentarios sobre “LA FUGA

    1. Muchas gracias a ti, zamoranita, a mí también me gustó el tuyo, que acabo de visitar por primera vez (no será la última, ahora ya te tengo localizada, qué mundo más grande el WordPress, cuánto arte: me recuerda un poco a esos maravillosos artistas callejeros ante los que me detengo embelesado para ver sus pinturas o escuchar su música sin entender la injusticia de su intemperie). En fin, un abrazo y hasta la próxima.

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    1. Ah, vaya, muchas gracias por haber reparado en lo mío, por lo de “inteligentes” y “desopilante”. Le dedicaré una entrada de las “mías” cuando regrese a Oviedo y tenga mi ordenador de siempre, que en este portátil de ahora apenas puedo leer lo que escribo (aunque bien y pronto he leído lo de la nominación, ¿verdad?).

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