FINGIMIENTOS Y NOBLEZAS

Ni los mosquitos ni las hormigas, con cierto protagonismo en sendos relatos de este blog, practican (que yo sepa) deportes como el balompié (alias fútbol) o el rugby no estadounidense.

Dos deportes con más similitudes que diferencias. Pero con diferencias notables. Entre las diferencias notables: en el balompié no es lícito el contacto violento entre los jugadores, en el rugby sí lo es (o no tendría sentido el juego, que yo sepa).

A mí me gusta más el fútbol (el único deporte donde el pie es fundamental para impulsar el balón, de ahí su éxito mundial, según el fenecido Johan Cruyff) que el rugby, aunque admiro mucho más a los jugadores de rugby que a los de balompié, tan abundantes las noblezas y los corajes de los primeros como los fingimientos y las debilidades de los segundos en el terreno de juego.

Pues en la vida como en el fútbol: muy numerosos los fingimientos y muy escasas las noblezas. Sabido es.

Hasta algunos filósofos lo saben y por ello afirman que el fútbol representa, mejor que cualquier otro deporte, la existencia humana —a nivel individual y colectivo—, de ahí su persistente éxito mundial (que yo sepa, no mencionan a Cruyff, la peculiaridad que Johan indicó cuando aún podía hablar, digna de reflexión y sesudos estudios, o eso tengo para mí: érase un niño con el pie pegado a una pelota).

En sus vidas, ¿fingirán los mosquitos?, ¿fingirán las hormigas?, ¿serán más nobles que nosotros en las nuestras?

¿Amarán?

Rezar no rezan (que yo sepa). ¿No querrán ser más allá del ser físico? ¿No necesitarán salvadores? ¿No tendrán miedo?

rugby-673453_640Mi aplauso, jugadores de rugby

Y, de nuevo, gracias, Pixabay

FRAGMENTOS (6)

Dos hombres aporrearon la puerta de la cabaña de Arquín el sabio. Como el viejo no respondía a la urgencia de las llamadas, ya se disponían a regresar a Los Bosques del Este cuando el anciano les abrió la puerta. Apenas lo cubría un sencillo taparrabos, y su cuerpo sólo era ya un esqueleto con pellejo. Los hombres se miraron el uno al otro, incrédulos de que aún viviese aquel cadáver, y luego habló el más alto de ellos para decir: «Vístete, Arquín. Un nuevo desafío reta desde ayer a tu inteligencia y, como no nos creerás, habrás de acompañarnos hasta Los Bosques del Este». El sabio negó con la mano, después sentenció: «Estoy vivo, pero estoy muerto». Y cayó al suelo en cuanto dijo lo anterior. Los dos hombres ya salían de la cabaña cuando oyeron que el aparente finado protestaba de este modo: «Estoy muerto, pero estoy vivo, así que no tengáis tanta prisa y contadme lo que ocurre y yo determinaré, tras escucharos, si merecéis el pago que otras veces os di». Los hombres se acercaron a Arquín. El sabio yacía, desmadejado y caído de bruces, sobre la tierra del piso de la cabaña y nada hacía por incorporarse, por variar la postura. «¿No vas a levantarte de ahí?», preguntó el más bajo de los mensajeros. «No puedo levantarme de aquí», puntualizó Arquín. «Te levantaremos de ahí», adelantó el hombre más alto. «No quiero levantarme de aquí», contestó Arquín, y luego pidió: «Hablad de una vez y no os preocupéis por mi estado, sino por el interés de vuestras noticias». «Verás, Arquín», comenzó diciendo el más bajo de los mensajeros, y el hombre más alto prosiguió la frase que el compañero había empezado y para ello habló así: «Nerea la bruja está suspendida en el aire, al lado de su cabaña, sin que nada ni nadie la sostenga». Los huesos del viejo sabio cobraron vida repentina. Cuando el anciano consiguió sentarse en el suelo, preguntó: «¿A qué altura levita esa bruja?». El hombre bajo respondió: «Yo no puedo alcanzarla con mis brazos». «A poca altura entonces», calculó Arquín. «Ni yo tampoco con los míos», aclaró el hombre alto. «A considerable altura», corrigió Arquín la opinión anterior. El sabio pagó a los mensajeros la información y, como las piernas no lo llevarían a Los Bosques del Este, les ofreció otras tantas monedas si lo transportaban hasta el lugar del prodigio. «¿Truco de bruja experta o portento que anuncia el futuro?», se preguntaba Arquín desde la parihuela en que era trasladado, y, a continuación, con la vista posada en el cielo, se lamentaba así: «Mi cuerpo ya no sirve ni para soportar el peso de mis dudas. Vendrá el futuro y yo estaré muerto. Sí, acaso la muerte me dé cuanto la vida me ha negado, pero ya no podré descubrirlo por mí mismo. Y la búsqueda hace latir el corazón del cerebro, mientras que los conocimientos, una vez obtenidos, enfrían los espíritus».

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La bruja sonrió al verlo. Arquín el sabio abandonó la parihuela y, después de levantar inútilmente los brazos, pues no consiguió asir a la vieja por los pies, en vano trató de hallar explicaciones racionales al misterio que la mantenía suspendida en el aire. «Busca, busca. Cuanto más busques, más acusarás el fracaso de tu ciencia frente a mi magia», se burló de él la bruja con su vocecilla aflautada. «Busco, sí, busco, pero ya es demasiado tarde porque mi cuerpo no obedece a mi voluntad», se lamentó Arquín, y luego, tras caer al suelo derribado por la edad, clamó así: «Si realmente pretendías desafiarme, ¿por qué no levitaste cuando todavía me quedaba tiempo para pensar? Mi derrota será tu triunfo, pero ahora sólo vencerás a un moribundo, Nerea maldita, mientras que antes habrías logrado el respeto de un sabio. En nada creía ya, y ahora debo creer lo que veo. Por ello, mi agonía será más dolorosa, sí, pero breve será el gozo que obtengas con mi dolor: ya huelo tan mal como tú, ya respiro el tufo que despide este cadáver en el que aún vivo». «Recoged los huesos de ese chivo loco y alejadlos de mí», pidió la bruja a los dos hombres que habían transportado a Arquín desde Las Montañas, y luego ascendió un palmo más en el aire.

EL NARRADOR DE HISTORIAS FANTÁSTICAS

—¿Y?

—Ese mismo día falleció Arquín el sabio. Nerea la bruja continuó ascendiendo en el aire hasta que todos la perdieron de vista. Nunca más se supo nada de ella.